Reto ELdE 2017 #12: Estos tres


Combina estos tres personajes a modo de secundarios: ‘el hombre de hojalata’, ‘un dragón enamorado’ y un ‘ogro’ para hacer con ellos una narración fantástica.

[Nota: habrá que esperar para ver el amor en los ojos del dragón 😉 ]

Como si mi vida no hubiera sido extraña hasta ahora, va y me pasa esto (y digo “esto” porque ni siquiera sé muy bien lo que está pasando).

Mientras camino desde la estación a casa, me gustaría asimilar estas últimas horas pero Hakim no me deja pensar. Se parece a una extraña y siniestra voz de la conciencia. Sabe más de lo que dice pero en las pocas horas que llevamos juntos he aprendido que solo cuenta lo que le interesa. Igual que la jefa.

No recuerdo casi nada de ayer. No sé si hablé de más o demasiado poco, cómo me trajeron a casa ni cuándo me convertí en amigo -supongo- de un mechero, pero él no parece dispuesto a colaborar:

―Todo a su debido tiempo, nene. Todo a su debido tiempo.

Entramos en casa y lo primero que hace es escaparse de mis manos y saludar con un abrazo a Laila, antes llamada Samsung N3000 HD. Extraña situación, ver cómo dos objetos se abrazan.

Ella me pregunta qué tal el día y no sé qué contestar, aunque tampoco espera respuesta.

―Bien. Aquí tienes tu primera misión ―dice, mientras muestra una imagen que parece sacada de una combinación de el Mago de Oz y Pokemon―. Ten cuidado con estos tres. A la mínima que puedas, los neutralizas.

“Estos tres” son una especie de robot chungo y oxidado y un monstruo enorme con pelo por todas partes a lomos de un dragón todavía más grande que él, que mueve la cola y saca a relucir sus dientes negros en un intento de sonrisa.

―¿Neutralizar? ¿Cómo…?

Laila me explica que están cerca y vienen a por mí, aunque solo podré usar mis poderes para defenderme una vez que me ataquen (“usa tu imaginación”). Pero yo hace tiempo que dejé de creer en historias de niños. Además, yo soy una persona normal, al menos por fuera, y no creo que tenga nada que les interese. ¿O sí? Una ráfaga de pensamientos inconexos de anoche me hace dudar.

La que mató a mi hermano. Sofía, supongo. Ella es la cruz de nuestra raza. Ella tiene todos nuestros poderes, o eso pretende, y sabe cómo controlarlos a su antojo. Tenemos que pararla. Tengo que pararla o será demasiado tarde.

Estos tres parece que trabajan para ella. Son sus espías. No quiero saber lo que me harán si me cogen.

Me veo en el Barbazul repitiendo una y otra vez la pregunta: “¿por qué mató a mi hermano?”. Silencio a mi alrededor. Elsa y Mariana se miran. Otra vez la grotesca imagen del ogro, que cambia de color y de forma como un camaleón. Sus compañeros están ahí, cerca, tan cerca que nadie se da cuenta de su presencia. A veces son extras de películas, otras forman parte de un cartel publicitario invisible, otras parecen esculturas mimetizadas con el entorno. Ellos solo pueden cambiar de tamaño, por lo visto.

Mariana suda. Fuego. Se para el tiempo y tarda un rato en volver. Elsa escupe figuras de hielo que se derriten sobre la mesa y forman dioramas efímeros que ayer posiblemente no veía tan borrosos.

Laila se apaga de repente y el silencio repentino de Hakim me devuelve a mi habitación. Miro por la ventana, me fijo un poco y puedo ver a estos tres vigilando sin ningún tipo de disimulo, aunque las pocas personas que hay por la calle no parecen darse cuenta de su presencia.

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Reto ELdE 2017 #11: Creía que era una cita


Inventa un cuento con dos objetos a los que dotas de vida.

A las ocho en punto, mensaje: “¿bajas?”. Sé que a la jefa no le gusta esperar, así que me pongo los zapatos y voy.

Me monto en su coche y me invade una extraña sensación. Ni siquiera sabía que condujera.

―¿A dónde vamos?

―Lo sabrás cuando lleguemos ―no le pega nada hacerse la misteriosa, da miedito.

El gps no está en marcha, así que se sabe bien el camino (dudo que esta mujer sea fan de los gps). En el coche solo se oye mi respiración, una música que en alguna época habrá sido famosa y ella haciendo los coros.

Glups, ya sé a dónde vamos. Ya sé dónde estamos.

Me hace bajar del coche y esperar en la acera hasta que termine de aparcar. Elsa está en la puerta del Barbazul fumando, no sabía que durante el día fuese un restaurante. Me saluda como si no me conociese y me invita a sentarme en la terraza, junto a esa suerte de estufa.

Mariana se sienta a mi lado y sonríe.

―¿Qué vais a tomar? Porque es un poco pronto para los gintonics.

Mariana no me deja hablar, pide unas bravas, una de chopitos y dos cervezas. Cuando Elsa se aleja, aunque no sé por qué ha esperado, empieza a hablar en voz baja:

―Sabemos quién eres y lo que…

―¿Perdona?

―No me puedo creer que no te hayas dado cuenta, Edu ―¿en serio? ¿Ahora soy “Edu”? No “Rojo” ni “Eduardo” como de costumbre―. Llevaba tiempo esperando este momento.

Le miro con cara de estupefacción, supongo.

―¿Por qué crees que te contraté?

Como me ha traído a un sitio donde la mayoría de gente viene a ligar, me reservo el derecho de no responder y espero que lo haga ella por mí.

―Dejémonos de chorradas. Sabemos lo que te pasó. Que eres… especial. Como nosotras.

Chasquea un dedo, el mundo a nuestro alrededor se congela y sale una pequeña llama entre el pulgar y el corazón. Sopla para que desaparezca y el instante vuelve a transcurrir.

En estas viene Elsa con las tapas, y yo casi me abalanzo sobre ellas, alternando la mirada entre una y otra. Ellas. Nosotras.

Elsa toma asiento a mi lado, parece divertida. Sé que no se ha olvidado de nuestra madrugada porque no para de mirar atrás, hacia la barra.

Mariana pone su habitual cara de monólogo y empieza a contarme que me necesitan. Saben lo que pasó con aquel Quimicefa. Saben que no apago las luces cuando duermo y todo lo demás. Saben que mentí cuando mi hermano murió y que es una cruz que arrastro desde entonces. Intento preguntar pero no me deja.

También saben quién le mató. Y me necesitan.

No fue difícil para Mariana llegar hasta mí. Puso el anuncio perfecto en el periódico perfecto y en dos días yo estaba trabajando para ella. Todos estos años ha estado buscando una cura para el mal que nos asola y yo soy el único que podría dársela, aunque no sea consciente de ello.

―¿Necesitamos curarnos? ―es lo único que me deja preguntar.

―Cuando llegues a mi estado, comprenderás que sí ―responde misteriosa y pausadamente.

―¿Y por qué yo?

―Porque eres el único que sabe cómo le pasó. Los demás no recordamos nada… aparte de ella, claro.

Me giro mirando a Elsa, pero Mariana añade:

―No, ella no. Ella ―y me alcanza una foto.

Me toca el brazo cuando la miro. Sé que quiere saber cómo me siento.

La de la foto es claramente la que mató a mi hermano. Más mayor, sí, pero es ella.

Me siento confuso. Sin que sepa cuándo se ha ido, Elsa vuelve de dentro con tres gintonics.

gintonic

―Bebe.

―Si bebo no os seré de gran ayuda.

―Yo más bien diría lo contrario.

Vaya, ese secreto también lo conocen.

Despierto en mi cama, las luces encendidas y una vocecita susurrando:

―¡Vamos, holgazán! Vístete, que tienes el taxi en la puerta para ir a trabajar. Cortesía de la jefa.

Me duele un poco la cabeza. Me visto mecánicamente mientras caigo en la cuenta de que no sé quién ha hablado. Hasta que veo que la voz sale de un pequeño mechero que aparece entre mis sábanas.

―Guárdame en el bolsillo, puede que te haga falta.

Me froto los ojos pero no, no estoy soñando. El mechero me ha hablado. Y de pronto, la tele, mi tele de toda la vida, se enciende sola y me habla también:

―Yo te espero aquí, no vuelvas a casa muy tarde que te estaré vigilando ―y se vuelve a apagar.

El mechero sí parece tener ganas de hablar y mucho que contar. Por las escaleras me pide que le llame Hakim, que le lleve siempre conmigo y que no haga preguntas si no quiero conocer las respuestas. Habla deprisa pero se le entiende perfectamente.

Cuando montamos en el taxi, silencio absoluto. Lo observo fijamente y me parece un mechero normal.

Cuando llego a la oficina, la cara de Mariana es la de siempre. Estoy confundido, no sé qué pasó ayer pero sí sé que ella no me va a dar pistas.

―Vamos, a trabajar. Y que no te vea yo juguetear con tus cosas nuevas. No en la oficina, al menos.
Dejo el mechero en mi mesa. A ratos siento cómo sus ojos me observan, y que se muerde la lengua para no llamar la atención.

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Reto ELdE 2017 #10: La vuelta al trabajo


Haz una historia con un protagonista que evoque tu niñez.

Después de terminar las vacaciones en el hospital, odio tener que levantarme para ir a trabajar, pero saco las fuerzas de donde no las tengo, me pongo la corbata y salgo de casa una hora antes de lo habitual. No sé cuánto tiempo estará mi coche en el taller ni si saldrá vivo de allí y no me hace gracia coger el bus, pero hace mucho que decidí utilizar mi supervelocidad solo en casos de emergencia.

desk

Llego tarde. Miranda, la gran Miranda, se me acerca y me pregunta si estoy bien. Es raro porque ella nunca se preocupa por nadie, así que le pregunto yo de vuelta:

―¿Y tú? ¿Qué tal estás tú?

Contesta con su respuesta predeterminada, aunque esta vez no parece oler a mentira:

―Bien, yo siempre bien ―sonríe ligeramente como siempre para dar por zanjada la conversación.

Miranda es bajita y fea y no habla más de lo necesario. Nunca se mete en política ni opina sobre los demás, pero siempre que tiene algo que decir lo hace sin rodeos. Quizás por eso a la gente no le cae demasiado bien.

Parece una jefa muy dura pero yo sé que no lo es. Si alguien necesita su ayuda, es la primera en acudir. Perder el tiempo no entra en sus planes, aunque el tiempo que le sobra lo dedique a nada.

Las vacaciones parecen haberle sentado bien, pero ahora hay que centrarse en lo que toca:

―Vamos, mira tus correos, pero deprisita, que hoy tenemos tres reuniones programadas.

Me asombra la velocidad de pensamiento de esta mujer. A veces, tratar de seguir el ritmo de sus ideas es agotador, pero llevarle la contraria o preguntar no es opción. Así que durante las reuniones asiento con la cabeza y luego le pido sus informes, que para mí más bien son resúmenes.

Me siento a comer con ella, los demás la han dejado sola como siempre. Normalmente, la conversación es un monólogo en el que ella habla y habla sobre sus cosas. No preguntar es su norma, si quieres contarle algo no pidas permiso. Pero hoy respira, me mira a los ojos y pregunta, en tono amable y como esperando respuesta:

―¿Qué tal tus vacaciones?

No estoy preparado para contestar. Me da miedo. Más bien diría que me intimida. Hace mucho que la conozco y ella nunca ha traspasado esa barrera que le protege (o eso cree ella) del resto del mundo.

Es la primera vez en su vida que me aguanta la mirada. Ahora que me fijo, tiene unos ojos más bonitos de lo que imaginaba.

Es complicada y poliédrica, me gustaría ayudarla pero no sé cómo porque no sé cuál es su problema. Con cualquier otra persona me bastaría un abrazo, pero ella de eso no gasta. Si me acerco demasiado me muerde fijo.

Así que sonrío, le devuelvo la mirada y le cuento todo lo que puedo contar de mis Navidades. Ella pestañea, diría que está intentando ligar conmigo porque de hecho es lo que está haciendo:

―Esta noche salimos a bebernos el mundo. Solos tú y yo. Y no acepto un “no” por respuesta.

Ninguno de los compañeros que están en la otra mesa se ha dado cuenta. Menos mal, porque se reirían de mí hasta límites insospechados.

Vuelve a su mesa como si no hubiera pasado nada. Vuelve a ser la de siempre.

Pero yo vuelvo a pensar que algo le pasa. Siento demasiada curiosidad, así que le envío un chat:

―A las 8. Pásame a buscar aquí. ―enlace de googlemaps a mi casa.
No sé si le hará gracia venir al culo del mundo a por mí (ahora que lo pienso, ni siquiera sé dónde vive ella), pero este cuerpo tiene su precio y yo echo de menos mi coche.

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Reto EldE 2017 #9: Cena de hospital


Escribe un relato que integre las palabras ‘luz’ y ‘cuadro’ como elementos relevantes del argumento.

Me duele la cabeza aunque estoy bien. No me quieren dar el alta y no sé por qué, quizás debería preocuparme. No me gusta la cara del médico que ha venido a verme.

―Buenos días, señor Rojo, ¿qué tal se encuentra hoy? ―odio que personas más mayores que yo me llamen de usted. Además, la fórmula de cortesía no consigue ocultar las malas noticias.

―Perfectamente, a no ser que usted me diga lo contrario. Vamos, suéltelo ya.

―Pues es que… verá… sus análisis… son… ―Pausa dramática― No sé cómo…

Hace mucho tiempo que no me hago ningún análisis. No los necesito desde que…

El doctor dice que estoy “demasiado bien para mi edad”, y que eso es extremadamente sospechoso. No para mí. Que después del golpe que me di debería tener algunas fracturas, ni que fueran leves. Debería, si fuera una persona normal. Que, algunos restos de alcohol aparte, mi sangre está limpia. Recalca la palabra: “lim-pia.”

―Como si la hubieran lavado con lejía.

―Pues en ese caso, gracias por todo. Buen trabajo ―digo, haciendo ademán de irme.

―No, no lo entiende. Esto no… no es… por si acaso, deberá quedarse esta noche en observación.

Genial. En los hospitales falta sitio y tienen a alguien en perfecto estado de salud ocupando la cama que alguien necesita. Mi compañero de habitación huele a antiácido, no me lo han dicho pero sé que ha tomado más pastillas de las que necesitaba… aunque él no esté de acuerdo.

Tengo por norma no dormir en camas ajenas, y esto no va a ser una excepción. Y más cuando en este hospital las persianas están siempre bajadas y las ventanas cerradas para evitar qué sé yo (bueno, mirando a mi compañero sí lo sé).

La luz se apagará después de la cena, y ya veo cómo la están sirviendo en otras habitaciones, así que tengo poco margen. El Cristo del cuadro que hay en la pared (poco acertado para un lugar como este, la verdad) me está juzgando con la mirada. Más por instinto que por otra cosa me santiguo.

Tengo que salir de aquí corriendo pero paso de llamar la atención del compañero. Aunque bien mirado, en el estado en el que está nadie le creería. Justo en el momento en que me he decidido, la enfermera trae ese asco de cena. Mierda.

hospital

Arroz blanco y soso, medio filetito de pescado demasiado hecho, pan de textura de chicle, verduras indeterminadas y de postre una naranja. El de al lado ni siquiera me mira. ¿Es que no sabe comer sin hacer ese ruido tan molesto?

Ignorando las verduras, me como dos cucharadas de ese arroz que cruje al masticarlo, un mordisco de pescado y media naranja. El pan dan ganas de estamparlo contra el Cristo para que deje de mirarme, pero eso llamaría demasiado la atención, así que lo escondo en un bolsillo.

La enfermera camina por el pasillo demasiado lento y el sonido de sus pasos rebota en mi cerebro. Tac, tac, tac, no tiene prisa, su turno acaba de empezar y le queda mucha noche por delante.

Por fin llega a nuestra habitación y retira las bandejas de la cena, amenazando con volver en diez minutos para tomarnos la temperatura y a dormir.

El compañero pone la tele y se queda alelado viéndola. El Cristo está a lo suyo. En tres, dos, uno estoy de vuelta en mi casa. Justo cuando en esa otra habitación las luces se apagan, las mías se encienden.

Cierro los ojos y veo sus caras de “¿qué ha pasado?”, el caos y el Cristo que se ha montado. Ya daré explicaciones mañana si eso, voy a prepararme una cena en condiciones.

¿Te has perdido algún capítulo de esta historia? ¿Quieres saber hacia dónde va? ¿Te gustaría hacer alguna sugerencia? Todo eso y más en el post original.

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Reto EldE 2017 #8: Moldeable


Usa una escena romántica de una película que sea reconocida y dale un giro sorprendente para cambiar totalmente esa historia.

Mi madre llora, no se cree que esto le esté pasando. He intentado explicarle que no es tan grave, que ahí estoy yo para ayudarle, pero eso aún ha sido peor. Mentirle a una madre está muy feo, eso debería saberlo.

Me quedo con cara de puntos suspensivos. No pienso contarle el resto de mi secreto, y menos con él delante. Después de un silencio incómodo, ella me pide que me vaya, necesita tiempo a solas.

En cuanto me doy la vuelta, ya sé lo que va a hacer. Siempre que mi madre está triste, se pone a hacer jarrones. También cuando está contenta, cuando se enfada mucho o cuando se emociona. (Sí, jarrones, porque la alfarería es su pasión desde que mi padre le compró aquel torno).

Él está de pie. Ella se levanta y se dirige al garaje, donde tiene los cacharros. Allí, se vuelve a sentar, prepara todo, pone esa música, enciende el torno y empieza a moldear el barro. Sí, es moldeable, pero también resquebrajadizo, como la memoria de mi padre.

No se da cuenta de que mi padre la estaba observando desde la puerta hasta que él avanza y le da un beso en el cuello.

Sin palabras, construyen juntos ese jarrón que llenarán con sus recuerdos. Acarician el material y se funden con él en un enorme beso, de esos que hacía mucho que no se daban. Ya no me necesitan.

Una llamada les devuelve a la realidad. Estaba tan concentrado en la escena que me he metido en dirección contraria; no ha sido nada, creo (al menos, podría haber sido mucho peor), pero he perdido la consciencia y el coche y ahora estoy en el hospital.

Mi madre ha agotado todas sus reservas de lágrimas en un solo día. Por más que le repito que todo está bien, no parece creerme.

Cuando me dan el alta y va a por el coche, papá me da las gracias con un beso, a través del cual veo que empieza a haber luz tras el túnel, que las próximas páginas de su vida las escribirá de nuevo con ella.

¿Te has perdido algún capítulo de esta historia? ¿Quieres saber hacia dónde va? ¿Te gustaría hacer alguna sugerencia? Todo eso y más en el post original.

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Reto EldE 2017 #7: En el fondo de un cajón


Da voz a los recuerdos y ofrece una solución en forma de historia para un personaje que pierde la memoria cada día.

Desde aquel fatídico 21 de abril, mi vida volvió a cambiar. Y por desgracia, no fue la única. Porque yo me quedé a solas con mi secreto, pero al menos tenía algo que guardar. Pero aunque no pude evitar la muerte de Máximo jr, frenar el deterioro de Máximo sr. es mi responsabilidad.

Tenía yo apenas catorce años, mi padre más de cuarenta. Hasta ese momento, no me di cuenta de lo mucho que había significado mi hermano también en su vida.

Mis padres lo pasaron mal, por supuesto. Que se muera tu hijo de dieciocho años es un trauma muy duro, y no existe ni una palabra para definir a un padre huérfano de hijo. Al principio el tema me sobrepasó; no tenía yo bastante con lo mío que además me llegaban estímulos de todas partes, y ninguno de ellos agradable.

Decidí meterlo todo en un cajón de mi cerebro. Me prohibí a mí mismo abrazar a nadie, no quería sumar sus sentimientos a los míos. Mi cajón se llenaba y se llenaba y aun así seguía quedando espacio, a la vez que en el suyo sucedía justamente lo contrario.

Pasaron unas semanas y todo parecía haber vuelto a una relativa normalidad. Mi padre estaba sentado en la cocina a las dos de la madrugada; mi madre dormía sin ni siquiera saber que él no estaba a su lado.

―¿Qué haces? ¿No duermes? ―pregunté para romper el hielo.

Me miró y parecía como si no me conociera. Me dio mala espina.

―¿Papá?

Esta vez ni se giró, su mirada seguía clavada en el infinito. Decidí que tenía entrar en su mente, así que toqué despacito, casi más bien solo rozando, su brazo. No sabía si realmente quería saberlo.

Hubo una pequeña chispa que a mí me hizo saltar de la silla; él en cambio ni se inmutó.

Esperaba haber visto mil imágenes de tristeza y dolor, pero a la cabeza de ese hombre literalmente le faltaban pensamientos. Estaba mi madre, yo mismo, su trabajo y una sombra siniestra que ocupaba el lugar de mi hermano. Un enorme agujero negro parecía llevarse poco a poco su vida por dentro.

De pronto, volvió en sí. Consiguió levantarse, miró el reloj y me dijo:

―Es muy tarde. Anda, vámonos a la cama, hijo.

Nunca antes me había llamado hijo. Nunca jamás volvió a llamarme por mi nombre.

Desde ese día, todas las noches hablamos apenas sin hablar. Yo escribo en una libreta lo que él recuerda, y al día siguiente sé lo que ha perdido en 24 horas. Le leo el trozo que faltaba en su memoria y él reacciona (al principio con palabras, luego llorando y más tarde, cuando ya ni lágrimas le quedan, con una ligera mueca que termina por quedarse muda del todo).

También le voy contando todas esas historias que nunca se debieron marchar de su cerebro, y según yo le hablo él reconoce su pasado y el mío, pero cuando me quedo callado, de nuevo las imágenes de su mente se transforman en humo.

De alguna manera he terminado convirtiéndome en su negro. Cada día su memoria pierde un pedazo más, pero se esfuerza por retener lo que le quedaba, por poco que sea, y por las noches me lo cuenta para que yo lo escriba. Al día siguiente lo lee disimuladamente. Lo hace meticulosamente con todo: el trabajo, la familia, los amigos…

Hoy en día ya no consigue recordar nada que no le haya escrito yo, y aun así nadie ha notado nada. Mi padre es un héroe mucho más grande que yo. Sí, yo llevo más de veinte años colándome en su casa todos los días, libreta en mano, cuando casi todos duermen, pero quien de verdad se esfuerza es él. “La muerte antes de que me vean como un enfermo”.

Me acabo de dar cuenta de que he fracasado. Le he fallado a él y a mi hermano.

Anoche no estuve. Anoche no estaba. Anoche, la noche que algunos desean olvidar cuando llega el alba, él no ha tenido la oportunidad de recordarla. A las doce he huido como Cenicienta, y le he sustituido por alcohol y sexo baratos.

―¿Papá? ¿Estás ahí?

Al otro lado del teléfono no se oye más que su respiración y un vacío total. Mi madre llora. No sabe qué le pasa.

Hace unas doce horas estaba bien, igual todavía puedo hacer algo. Es hora de que se lo cuente, antes de que sea demasiado tarde, antes de que el dolor le absorba a ella también.

Cojo mi libreta y me autoinvito a comer en su casa. Después de tantos años, ella también merece un abrazo. Es lo menos que puedo hacer.

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Reto EldE 2017 #6: Presunto suicida


Describe una escena de un relato pensando en una fecha significativa para ti y traslada esas emociones a tus personajes.

Y ahora ella se ha ido y yo he vuelto a casa y de pronto me siento solo. Pero solo de verdad, como aquel 21 de abril.

Da igual que solo haya estado una noche en mi vida, eso ya es mucho para mí en los últimos años. Debería haberme acostumbrado pero no.

No podía contarles a mis padres que me había convertido en un superhéroe o algo parecido cuando ni siquiera yo entendía lo que me estaba pasando. En primer lugar porque, dada la reputación y la tendencia que tenía a inventarme historias, ni me habrían creído ni me habrían hecho caso, y en segundo lugar porque las cosas que percibí los primeros días eran tan desagradables que no quería ni compartirlas ni recordarlas (peleas, reconciliaciones, sentimientos y sensaciones, entre otras cosas).

No obstante, necesitaba alguien en quien confiar, y sabía que él era la persona porque cada vez que le tocaba podía sentir su fe en mí, más fuerte que ninguna otra cosa. Así que decidí hacer de mi hermano mayor mi confidente.

Desde el principio me creyó; sabía que yo no estaba loco, o más bien que a pesar de estarlo le estaba contando la verdad. Por eso compartía con él todo lo que me iba sucediendo y todo lo que pasaba en el mundo a mi alrededor. Él, a cambio, me escuchaba y me aconsejaba. Dejar que se aprovechara de mí para ligar o para averiguar las preguntas de los exámenes era lo menos que podía hacer. Durante años, él fue para mí la mejor de las terapias.

Ojalá hubiera estado allí ese día. Ojalá yo le hubiera prestado la misma atención a él. Ojalá hubiera sabido salvarle.

Volvía de clase cuando lo vi. Le estaba metiendo dieciocho pastillas en la boca (las conté una a una, sí); después le obligó a escribir la nota y desapareció. Corrí todo lo que pude, pero cuando entré en casa la desconocida se había esfumado y él estaba muerto. Me quedé solo ante un presunto suicida, y lo primero que se me ocurrió fue dejar que todo sucediera. Sí, podrá sonar frío, pero decir la verdad, lejos de descubrirme, me habría convertido en mentiroso y sospechoso de por vida, así que volví atrás con mi supervelocidad, llegué a la hora que tenía que llegar y fingí que encontraba el cadáver de manera espontánea y natural.

Cuando mis padres vinieron, me encerré en mi cuarto y lloré. Lloré. En el mundo exterior, el caso se cerró sin preguntas ni investigaciones, mi hermano era un conocido adicto a los tranquilizantes y el final era inevitable.

Esa tristeza es algo con lo que sigo conviviendo. Es difícil explicar algo así con palabras. Pero aún hoy, todos los días pienso en mi hermano, la única persona con la que no me sentía solo.

A esa chica, que hoy en día ya será una mujer, la busco desde entonces sin éxito. Su cara es un recuerdo difícil de olvidar, y sin embargo la veo en el rostro de todas las mujeres que se cruzan en mi vida. Esos mismos rostros que apagan mi soledad por un instante y la vuelven a encender cuando se alejan.

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Reto EldE 2017 #5: Al este de algo


Usa la frase: “En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos” para hacer una composición creativa.

Abro los ojos y los vuelvo a abrir. Ella sigue aquí y me acaricia. Anoche me parecía más guapa; pero qué más da, seguro que yo a ella también.

—¿Qué tal la… noche? ¿Has… te has quedado aquí? —pregunto más que nada por empezar la conversación, porque sé perfectamente que ha estado trasteando en mi cocina, aseándose en mi baño y durmiendo en mi sofá.

Anoche la vi desnuda, creo. Supongo que eso le da el derecho a, al menos, quedarse en mi casa hasta que yo me despierte y recupere la capacidad de llevarla desde este culo del mundo a dondequiera que tenga que ir.

—Sí, espero que no te importe. No quería molestar, pero…

—Pues me visto y te llevo a casa. Creo que eso te lo debo.

Me mira y sonríe. Parece más asustada que yo.

—Con que me dejes en el centro vale.

No sé si tocarla. Sí, vale, anoche lo hice, pero eso no cuenta porque estaba borracho y cuando estoy borracho mis poderes se anulan. Estaría feo que la rechazara ahora, después de las horas que ha pasado en mi casa, pero es que si le pongo la mano encima podré leer sus pensamientos, y eso a priori diría que no me va a gustar.

De todos modos, antes de que pueda decidirlo ella se me ha adelantado. Solo con un beso mil imágenes se cruzan en mi mente, mil imágenes que no se corresponden con lo que yo imaginaba. Definitivamente, no tengo delante a una psicópata.

alambrada

Elsa ha estado en un campo de concentración. Era pequeña y no dejaba de fijar la vista en la alambrada.

En el campo, gente sobreviviendo y ella sola. Al norte, frío y montañas. Al sur, niebla densa. En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos, olvidados entre los escombros de la guerra. En el este las casas de la gente de ese otro oeste, el de verdad. Los guardianes ricos, poderosos y sanos.

No me decido entre abrazarla o apartarme de ella. Se me ocurre que un día como hoy es ideal para la nostalgia y el sufrimiento, pero no sabría decir si Elsa necesita estar sola o todo lo contrario.

—¿Estás bien?

—Sí, genial —miente.

El recuerdo de sus padres me da dolor de cabeza. Me aparto y me voy a vestir.

Desde el baño la veo llorar, aunque ha aprendido a secar rápidamente las lágrimas y cuando vuelvo a la habitación no hay ni rastro de ellas.

Sé que a pesar del paso de los años no tiene a dónde ir pero en mi casa no puede quedarse, aunque tampoco me lo ha pedido.

Cojo el coche y conduzco. Nadie habla. La dejo en el primer metro del centro.

De vuelta a casa, se me ocurre que al menos podía haberla invitado a desayunar. Puede que volvamos a vernos.

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Reto EldE 2017 #4: ¿Soy Batman?


Escribe una historia en la que salves la situación con un mayúsculo deus ex machina.

Oigo la explosión de palomitas en la cocina. Huelo desde esta distancia la sonrisa de Elsa, pero no sabría descifrar si es dulce o siniestra. Como el Joker.

Yo soy Batman, o más bien un impostor bajo el disfraz, pero este Joker es el de verdad. Estoy encerrado en un congelador, me ha atado de pies y manos y aquí mis poderes no me ayudan. Todo lo contrario.

Tic, tac, tic tac… El eco del tiempo y de la bomba que hay en la cocina suena en mi cabeza y no puedo pararlo. Da igual que tenga los ojos cerrados, solo veo el temporizador que anuncia mi fin. Quedan treinta segundos para que esto termine. No puedo moverme, aunque lo de atarme y encerrarme aquí no hacía falta. De qué te sirve ser el más fuerte, el más listo y el más todo si a la hora de la verdad eres un puto cobarde. Congelado, frío y oscuro.

Más que un bum eso ha sido un cling. ¿Ha terminado todo ya?

Esa mano no está fría. No me atrevo a mirar, si abro los ojos la oscuridad avanza. Pero ella levanta la persiana y la vida vuelve a su sitio.

—Vamos, cielo, despierta. Te traigo café y el desayuno; he hecho lo que he podido pero ese café parece que lleva dias hecho. Y dime, en serio, ¿qué clase de adulto solo tiene palomitas para comer?

sonrisa-joker

Esa risa es todavía más horrible y más siniestra cuando se mete palomitas en la boca. Gracias por nada.

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Reto EldE 2017 #3: Tras la cortina


Imagina que eres un superhéroe con una gran fobia a la oscuridad, escribe un relato de superación.

Todos tenemos un punto débil, incluso yo.

Lo que te voy a contar era un secreto hasta ahora. No me gusta andar por ahí dándomelas de importante, pero al final soy lo que soy y tengo que aceptarme. Aunque en treinta años no he sido capaz de hacerlo, cualquier día es bueno para empezar.

La cosa es que mi vida cambió para siempre ese maldito día de mediados de los ochenta en que mezclé cosas que no debía jugando con mi Quimicefa.

quimicefa

Solo sé que hubo una explosión y me caí redondo al suelo. Cuando desperté me dolía la cabeza. Abrí los ojos, todo estaba oscuro y me cagué en los pantalones. Literal.

A partir de ese momento empezaron los problemas: Lo primero fue que oía conversaciones en un radio de unos dos kilómetros (esto es bastante molesto hasta que te acostumbras, la verdad); a los pocos díasveía a través de las paredes y también podía clasificar las cosas por su olor.

Y yo, que siempre había sido un cero a la izquierda en gimnasia, me convertí de la noche a la mañana en el que todos escogían a la hora de formar equipo del deporte que fuera. Era el más ágil, rápido y fuerte de todo el colegio. Y del instituto. Y de la universidad y más allá.

Nadie quiso saber por qué el niño bola se había transformado tan de repente. Algunos creyeron que había encontrado mi motivación en la vida, otros que había pegado el estirón. Ni siquiera mi madre se preguntó por qué mi cuarto había sonado como Valencia en plenas Fallas.

Un americano medio hubiera aprovechado la circunstancia para vestirse de manera ridícula y salvar el mundo, qué lástima ser europeo. Sí, soy más listo, más sensible, más atlético y tengo una memoria de elefante. Pero madera de líder como que no tengo.

Que se salven ellos solitos, que yo bastante tengo con lo mío. Me jode, no sabes cuánto, no ser una persona normal. A veces hay palabras que uno no querría escuchar, situaciones que uno no querría ver y olores que uno rechaza recordar. Vale, todas esas cosas me han hecho ganar mucha pasta y que la gente me envidie por lo que parezco ser, pero por dentro…

Por dentro me consume la oscuridad. Ese momento en que abrí los ojos por primera vez a mi nueva vida se repite en mi mente una y otra vez. No salgo por las noches a no ser que las calles estén bien iluminadas. Imagínate treinta años durmiendo solo con la luz encendida, un vampiro invertido. Cuando no hay luz, hay vacío. Y cuando hay vacío soy un ser insignificante que ni oye, ni ve ni siente. Una persona normal. Sí, sé que suena contradictorio pero sentirme normal también me molesta. Porque me da miedo, aunque no se lo haya contado a nadie.

Superman es una farsa, te lo digo yo.

Cuando hemos llegado, la cabeza me daba vueltas. Que tenga poderes no significa que no pueda pillarme una buena, por desgracia.

Creo que le he dado mis llaves a Elsa, ella ha abierto la puerta y estaba horrorizada de ver todas las luces encendidas. No ha dicho nada, pero su miedo también se olía a distancia.

Después de que me dejara en mi cama, la he visto andar por mi casa y apagar las luces. No me importa, de día no las necesito. Pero de ahí a que baje las persianas de mi habitación para que “pueda descansar”… Eso es tomarse demasiadas confianzas, joder.

He contenido mi último grito. Solo pensaba en que se fuera. Pero en vez de eso se ha quedado ahí acariciándome.

Nunca una desconocida ha hecho eso por mí. Bien pensado, es la mejor oportunidad para dejarme caer en la oscuridad.

Pero es que no… sé si soy… ca… paz. Pero Elsa… mis poderes… pero sus caricias… pero ser normal…

Si estoy durmiendo es porque que lo he conseguido. El primer paso es el que más duele.

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