Músicos a tu alcance


Una de las cosas que sé que echaré de menos ahora que el metro ha dejado de ocupar gran parte de mi tiempo. Y es que con un viaje tan corto ni tengo tiempo de escribir ni, por desgracia, de disfrutar de estos conciertos espontáneos que tanto me gustaban. Gracias, Batata y compañía, a vosotros también os echo de menos!

Andaba lentamente, aún medio en sueños, arrastrada por la marea humana de las siete de la mañana y buscando una razón por la que valiera la pena haberme levantado ese día, que se presentaba gris como todos los días anteriores. Gris de tormenta tanto exterior como interior.

De pronto, mi ipod se cruzó con el violinista anónimo del final del pasillo y Oxygene de Jean Michel Jarre se fundió con el Imagine de John Lennon. Me puse a acompañar el violín con mi voz, sin darme cuenta de la perfecta acústica de la estación de Diego de León y de que miles de miradas adormecidas como la mía me observaban. Cuando llegué a la esquina, devolví una sonrisa e hice una reverencia al Violinista, lamentando no tener una moneda que echarle.

Hace tiempo que quería hacer un homenaje a todas esas personas, esos músicos anónimos o no tanto que cada día me hacen disfrutar del placer de viajar en metro (un placer que pagamos a precio de oro, por cierto).

Elijo el camino más largo por las mañanas, imaginando al principio de mi viaje quién me acompañará hoy: ¿Será el Violinista? ¿El Cantautor, tal vez? ¿O quizás el Flautista ocasional, o el Mariachi? También podría ser aquel tipo que, en vez de permanecer en la esquina, arriesga y recorre el pasillo arriba y abajo cantando y bailando con su guitarra. Puede ser cualquiera de ellos, porque por suerte para todos el pasillo está siempre tan lleno de gente como de alma.
Haciendo una pausa para trabajar, vuelvo a casa. Cuando entro en el metro de Gran Vía, me invade ese sonido. No son guitarras ni flautas ni tambores. O sí. El músico-de-Ikea consigue un nuevo concepto de percusión con los objetos más variopintos, desde una caja vacía de plástico hasta una regadera; la gente se ríe con él, aunque no sé si por diversión o por pensar que su instrumento ya le ha abducido.

Por fin llego a Tribunal. Esas escaleras se hacen menos eternas, y en cada tramo reina un estilo. Hoy me ha sorprendido la habitual señora entradita en años, la que igual te canta un tango que algo de Camilo Sesto con su acento tal vez rumano. Tiene una voz desafinada y desagradable, pero ahí sigue día tras día. Sin embargo su sonrisa se ha perdido, sepultada por un cartel que empieza por decir: “No soy una payasa…” en respuesta a todos aquellos que se en algún momento se rieron de ella por estar ahí, por darlo todo por unas monedas. La misma gente que posiblemente haya renunciado a todo eso por un sueldo fijo y un trabajo vacío.

La gente que sube la escalera que yo bajo me avisa siguiendo el ritmo con la cabeza: el gran Batata está en su sitio, puntual a su cita. Apenas unos segundos bastan para darle la vuelta al mundo con su percusión brasileña y su sonrisa blanca, acompañado de la flauta o el saxofón de su amigo. Batata bien merecería un post para él solo, porque él es el rey indiscutible, un músico con todas las letras en el mejor de los escenarios, para el público más exigente. De pronto al pasar delante de él todo parece distinto; la frontera entre las tensiones del trabajo y los problemas que puedas tener en casa es justo ese punto donde las penas simplemente se desvanecen al compás. Si pasas por ahí, si le ves, dedícale tú también una sonrisa, salúdale con la mano y habrás ganado un amigo.

Por desgracia sólo puedo parar el tiempo un par de segundos y mi vida me espera de nuevo unos metros más allá de esa frontera, en ese tren que si no me doy prisa se me va a escapar.

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