mileuristas


Escribo este post en respuesta a lo último que he leído en el blog de mis amigos de CGT Toprural. Pensaba haber dejado un comentario anónimo, pero ése no es mi estilo, así que me permito dedicaros estas palabras.

Aunque sinceramente alabo vuestra labor, creo que vuestra guerra es absurda y sin sentido. Tengo fama bien ganada de ejercer de abogado del diablo pero esta vez no voy a defender ni acusar al señor Derbaix; prefiero quedarme con la primera imagen que tengo de él aunque sí diré que por mi parte lo considero un empresario más, que lucha por su empresa y su dinero. Si eso es malo o bueno, no seré yo quien lo juzgue.

Según mis compañeros, en Toprural hay gente que cobra muy poco, concretamente 15mil euros anuales, lo que vienen a ser unos mil euros al mes. Desconozco los sueldos de los demás, sólo sé que yo cobro un poquico más… y efectivamente me sabían a poco, tengo que reconocerlo.

El otro día me encontré con una conocida por la calle. Era uno de esos días en los que te hincharías a pegar patadas a las farolas o a cualquier otra cosa/persona que se te ponga por delante. Me paré a charlar con ella -aunque ya sabéis lo poquito que me gusta a mí charlar- y le conté lo hartita que estaba de mi trabajo y de mis movidas y, sobre todo, de mi sueldo. Ella me escuchó pacientemente hasta que le dije mi cifra, y lejos de reprenderme sólo preguntó:

-¿Y qué haces con el dinero que te sobra?

-¿El dinero que me…?

Me contó que ella gana 900 euros al mes. Sí, eso son menos de mil. Y con esos 900 euros una madre soltera como ella, que no recibe paga ninguna de su ex (“que se quede con su dinero, que es lo que le importa”) tiene suficiente y de sobra para mantener a dos personas sin pasar apuros.

Le pregunté cómo lo hacía, y la respuesta fue tan simple y tan obvia que todavía sentí más vergüenza. Me demostró calculadora en mano que 900 euros al mes dan para comida, una hipoteca, transportes, energía, agua y todo lo que dos personas puedan necesitar para vivir tranquilas. Lo que no dan es para una escapada rural al mes, un piso con habitación de invitados, 15 días de vacaciones en Tailandia, cañas todos los viernes y ropa y móviles y zapatos caros. Pero eso, decía mi conocida, no son necesidades básicas.

Tuve que admitir que tenía razón. España va mal, eso es indudable. Lo que no sé es cómo es posible que no esté peor. Preferimos quejarnos de lo poco que tenemos antes que hacer el esfuerzo de renunciar a algo superfluo. Y con mis compañeros no iba a ser distinto.

Lucháis contra un sistema al que os morís por pertenecer. No queréis un mundo mejor, queréis un mundo en el que haya más para vosotros, al más puro estilo capitalista. Acusáis a alguien de no compartir sus beneficios porque sólo os interesa, igual que a él, quedaros con un trozo de ese pastel. ¿A costa de qué, me pregunto? Empiezo a pensar que los ideales están en segundo plano, que sólo se trata de dinero.

Decís que las cosas en la nueva empresa van a ir mucho mejor sólo porque sabéis que cuando las negociaciones terminen nuestra nómina aumentará, y podréis pagar más cruceros en los que adoctrinar a los que estén a vuestro servicio, hablándoles de sus míseras condiciones de esclavitud mientras os sirven el cuarto refresco. Con ella, también saldréis del estrés del día a día cenando en restaurantes de lujo, donde os darán a probar el vino que viene de la uva que han recolectado nuestros amigos africanos trabajando de sol a sol mientras vosotros os curtíais la piel en el aire acondicionado de la oficina (lunes a viernes, 8 horas de reloj). O pagaréis vestidos de marca que no necesitáis, hechos por esos chinos cuyo sistema tanto os remueve las entrañas.

Ésa es vuestra idea de un mundo mejor, y no me parece mal. Diréis que no se puede salvar al mundo, diréis que el hecho que otros estén peor no significa que vosotros no tengáis derecho a luchar por estar mejor.

Y yo os contestaré: los cambios nunca son a peor ni a mejor, son a diferente. Traerán cosas positivas a cambio de otras que no lo son tanto, pero estas últimas con el bolsillo lleno ya no las veréis.

Yo ya he dado el paso. Yo ya he entendido que el “todo de todos” no vale cuando no todos aportamos el mismo esfuerzo ni tenemos las mismas necesidades. Que los derechos básicos de todos son la prioridad, por encima de los caprichos de unos pocos. Que la verdadera solidaridad se demuestra dando, no pidiendo; y cediendo, no poniendo trabas.

Sé que no es fácil renunciar a los privilegios y no os voy a pedir que lo hagáis entre otras cosas porque no serviría de nada. A mí también me gustan los caprichos, los viajes, los lujos innecesarios. Sólo os pido, como me pido a mí misma, que aprendamos a valorar lo que tenemos en vez de anhelar lo que no tenemos y que lo que pedimos para nosotros seamos capaces de repartirlo con los demás.

Y por cierto, al señor Derbaix le doy las gracias encarecidamente por venderme a una gran empresa sin preguntarme si estaba de acuerdo. Sin acritud, eh.

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