Testigo de Dios


Siempre me ha fascinado esta mujer, independientemente de sus creencias y de las mías. Ella es una parte más del metro. Sabe que no la escuchan, pero no le importa. Su palabra es Su verdad, con eso basta.

Da igual la línea y la hora del día, ella está allí. De tez morena, pequeña, redonda, siempre con su moño canoso bien peinado, se pasea vagón tras vagón predicando la palabra de Dios. No pide dinero ni nada más que un poquito de atención, pero tampoco se desanima cuando a cambio obtiene silencios y ligeras risas de compasión.

Jesucristo te ama” “Es hora de vivir en Él porque Él murió por todos nosotros…” Se para, te mira con su mirada perdida en el mundo de vagones y continúa a pasos cortos, tan cortos como ella.

Se levanta cada día a la misma hora, las seis menos cuarto de la mañana. Desayuna sin prisas en la pequeña cocina del piso que comparte con otras mujeres dos tostadas y un café con leche para empezar el día con energía. Después se va al baño, se peina con cuidado, colocando cada horquilla en su lugar exacto, y se viste con el único vestido que trajo en el viaje de su vida, ya viejo pero todavía útil (como ella misma, aunque la palabra “viejo” no existe en su vocabulario).

No lleva bolso ni móvil. Sale sin llaves, sin dinero y sin chaqueta. ¿Pasaporte? De eso ni siquiera tiene, es algo absurdo para quien después de todo carece de identidad. Su única posesión, guía y compañía es su Biblia, no necesita nada más. Y con eso nunca se siente sola.

Le gustaría que el mundo se viera a sí mismo como lo ve ella. Por primera vez en su vida, al cruzar el charco anhelando una vida mejor se dio cuenta de lo mucho que nos sobra. Allá, en Cuba, donde falta lo más básico, incluso a veces el aire para respirar, mirar el horizonte era lo único que le producía paz. La pobreza era el más común y menos malo de los males hasta que conoció a Jesús.

Lo vio una sola vez en un lugar parecido a sus sueños, y desde aquel día no pudo dejar de buscarle.

Se unió a un grupo de personas que tenían el mismo objetivo que ella, metió su vida en una maleta y continuó su búsqueda. Pero no como hacemos los demás entre las promesas de un mundo mejor, sino intentando que esa búsqueda sea lo que construya ese mundo mejor. Para ella, Él es bondad, la vuelta a lo simple; el vivir y ser feliz con lo poco que tienes, no el buscar la felicidad en lo que no tienes, eso lo aprendió después de miles de kilómetros y horas a la deriva.

Ahora, en un mundo donde ha encontrado su hogar, sigue caminando y deseando que la búsqueda no termine jamás. Ella sabe que existe, pero el encuentro, para bien o para mal, será el único final posible.

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