Hilo y aguja


Un chico está sentado, concentrado en coser unas zapatillas de ballet negras, talla 42.

Cuando se levantó por la mañana, sabía que ése iba a ser su gran día. Nunca más tendría que mentir a nadie. Sólo un pequeño paso, una última pirueta. Sacó los libros de su mochila y los escondió en el armario, las mallas y las zapatillas nuevas hicieron el camino inverso.

Al meterlas en la bolsa, se dio cuenta de que la goma estaba suelta. Bueno, en el metro tenía paradas de sobra para coserlas, así que cogió hilo y aguja del costurero de su madre, que a ella seguro que no le importaría.

También sabía que nadie aprobaba lo que iba a hacer, al menos no todavía, pero eso poco le importaba. Era su sueño, la única cosa propia que había tenido en toda su vida.

Por suerte encontró asiento a pesar de que el vagón estaba repleto. Sacó la zapatilla como si de la porcelana más fina se tratara, enhebró la aguja y remendó con dedicación, prácticamente ajeno a las miradas que, rompiendo la monotonía de la mañana, se preguntaban qué hacía un chico tan apuesto cosiendo a esas horas y allí. “¿Acaso no tendrá madre?”

Miles de paradas y de miradas después, con el preludio terminado, bajó del metro y siguió la cita con el destino que le marcaba googlemaps.

La prueba fue un éxito. Enseguida se dieron cuenta de su talento, todos tuvieron claro que ese chico y sus zapatillas debían entrar en la compañía de danza. Primer reto superado, ahora quedaba lo más difícil: el viaje de vuelta, la luz después del túnel y la salida al mundo exterior.

Primera parada: dejar de mentir a su novia para que nadie pensara que su relación era una tapadera fue fácil. Elena se alegró mucho aunque se enfadó por todos estos años creyendo que las tardes que no pasaba con ella estaba jugando al fútbol con esos amigotes que nunca llegó a conocer.

Destino final: entró en casa dispuesto a confesar aunque sin saber cuál había sido su crimen. Reunió a mamá y a papá en el salón y lo soltó a bocajarro:

-Mamá, papá… hoy es el día más feliz de mi vida.

Mamá lloraba de felicidad, no necesitaba saber más. Papá le miraba, adelantando el reproche.

-Me… han… escogido para una compañía de ballet. No sabía cómo contároslo, hace tres meses me apunté a una escuela de baile y… me encanta bailar, y de pronto, surgió esta oportunidad que…

Instante congelado en el tiempo, tres segundos eternos esperando que alguien rompa el silencio de caras que se miran.

Mamá fue cobarde y dejó que papá se le adelantara por última vez.

-Los hombres de verdad no bailan.

-Los hombres de verdad no maltratan a sus mujeres.

Mamá ya no lloraba de felicidad, o tal vez sí. Miró a su marido y corrió a refugiarse en la cocina, su territorio. Al parecer, no había sido la única que trataba de ocultar su secreto sin éxito.

Hizo la cena y cenaron. Nadie levantó la cabeza de la mesa. Después, cada uno a su cuarto; ella fingió que tenía cosas que hacer, regresó a la cocina e hizo tiempo.

Había visto la aguja y el hilo, y la nota de “Gracias, mamá”. Sabía, por una vez en su vida, lo que tenía que hacer.

Él dormía profundamente, sabía que nada le iba a despertar. Matarle hubiera sido demasiado fácil y poco seguro; ella era una costurera experta. Dos puntadas fueron suficientes para que su marido jamás volviera a hacerlo.

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