Pues que me he comprado una corbata


(Si creéis que esto se va pareciendo cada vez más a un blog de moda, no dejéis que las apariencias os engañen, que este post sigue siendo una de mis historias de comunicación)

Siempre había visto las corbatas como un símbolo fálico de represión masculina, y nunca entendí por qué esa costumbre/obligación de llevar traje de chaqueta hasta en el día más caluroso de verano (será elegante y sofisticado, será imprescindible para dar buena imagen, pero dime tú si no es también absurdo ver a ese hombre todo impoluto y trajeado y de negro sudar por sudar, estar incómodo a costa de trabajar).

Es un hecho: las corbatas, aparte de carecer de una función útil reconocida, no resultan cómodas, por mucho que algunos quieran convencernos de lo contrario, igual que no lo son los tacones. Me gustaría algún día cambiar de opinión respecto a estos últimos, pero me temo que mis pies no están por la labor.

Toda mi vida he agradecido no ser esclava del protocolo como bien sabéis. Me siento feliz por ser mujer y poder ponerme lo que me dé la gana cuando me dé la gana sin temer escuchar comentarios sobre mi orientación sexual. Y sí, a pesar de mi trabajo de oficina mi vida va más allá del gris, el negro y el azul marino y nadie podrá impedirlo.

A pesar de esto, el otro día entré en una tienda cualquiera a comprar una cosa cualquiera y allí me la encontré. En un impulso, la cogí y sin pensarlo dos veces me la llevé a casa, aun sin saber demasiado bien lo que haría con ella ni si la devolvería al día siguiente.

Mis manos lo hicieron todo, mi mente no fue capaz de reaccionar que ya la tenía pagada. En casa, corbata en mano, me preguntaba qué clase de demonio me habría poseído, pero luego me miraba al espejo y me repetía cual mantra que se trataba del complemento perfecto para mí. Y punto.

Mi marido también se sorprendió y también sonrió. Nunca hubiera imaginado que yo… bueno, que yo me comprara una cosa así. y a partir de ahí, después de las risas iniciales, las incógnitas: “¿Qué hago yo con esto?” y, sobre todo, “¿cómo se hace un nudo de corbata?”.

Esta última pregunta reflejaba la angustia de alguien con tan poca experiencia, delicadeza y destreza manual, y tan mal gusto y tanta dislexia como yo. Pero el caso es que mi señor marido tampoco está muy ducho en estos menesteres, así que menos mal que ahí estaba el señor youtube para sacarnos del apuro. Después de toda una tarde de pruebas, más o menos conseguí salir decente a la calle…

…Pero cuando volví a casa cometí el error de deshacer el nudo. Así que cuando un par de días después, siete de la mañana, la vi ahí tan sola y quise sacarla a pasear tuve que despertar a mi pobre hombre, que a esas horas aún ni podía utilizar las manos para encender el móvil pero aun así lo hizo mejor de lo que yo hubiera sido capaz.

Salí de casa y me dirigí al metro. Bajo ningún concepto me la quería quitar, pero la verdad es que con ese nudo parecía más bien un aprendiz de boy scout y yo no me veía capaz de mejorarlo. ¿Qué hacer?

Tengo dislexia, sí, pero vergüenza ninguna. Al menos para estas cosas. Yendo en metro a trabajar, concretamente en la línea que enlaza el aeropuerto con la zona de oficinas por antonomasia, no iba a ser difícil encontrar a algún alma caritativa dispuesta a ayudarme… ¿o sí?

Miré a mi alrededor. Definitivamente, empezaba a pensar que, o las corbatas habían pasado su época dorada, o los ejecutivos estaban ya reunidos, porque me costó diez minutos encontrar a uno de ellos.

Con paso decidido, me acerco, desabrocho la cremallera de mi chaqueta y le digo en voz baja:

-Esto… ¿Me podrías hacer el nudo de la corbata, por favor?

El chico/señor se me quedó mirando y contestó con un “No, lo siento” en el mismo tono en el que se contesta a alguien que andara pidiendo limosna.

Eché una mirada rápida al resto del vagón, descarté un par de señores de edad más avanzada y me fui a por otro chico de aproximadamente mi edad. La respuesta fue más o menos la misma: dijo que no y bajó la mirada.

Me sentía un poco como si tuviera una enfermedad contagiosa, pero dicen que a la tercera va la vencida. Al pobre muchacho número tres le saqué de su mundo de caramelos explosivos, me miró a la cara y me dijo:

-No.- Debió de ver mi cara de frustración o qué sé yo, porque enseguida añadió, todo avergonzado: -Es que… yo tampoco sé hacer el nudo, lo tengo ya hecho y nunca lo deshago.

Así que era eso; después de todo, no es fácil ni siquiera para ellos. Pero eso no solucionaba mi problema, seguía teniendo un look de pena a pesar de mi corbata fashion. Sin embargo, al salir del metro tuve una revelación y me dirigí al conserje del edificio donde trabajo:

-Ángel, ¿te puedo hacer una pregunta tonta?

Él me miró, supongo que está demasiado acostumbrado a las preguntas tontas pero igual era un poco temprano para eso.

Yo me puse roja como un tomate y empecé a desabrocharme. Cuando vio aquel desastre se echó a reír.

-¿Me podrías…?

Mirada de “cómo no voy a saber hacer un nudo de corbata, si vengo a trabajar con ella puesta todos los días”.

-Es que… bueno, no es tan lógico que…

-Anda, trae.

Me metí en su pequeña garita y él me hizo quitármela porque hasta un experto como él solo sabría hacerse el nudo a sí mismo. Se la puso él y en un segundo me la devolvió con el nudo hecho, un nudo perfecto, sin arrugas y alineado.

Subí a trabajar más feliz que una perdiz, toda ufana con mi corbata nueva. Ese hombre me había hecho aumentar 500 puntos en la escala de glamour, cambiando mi perspectiva de ese día y haciéndolo un poquito menos gris y absurdo.

Me senté en mi silla, dispuesta a meter la cabeza en el ordenador con mejor humor que cualquier otro día. Los detalles más tontos son los que importan, sí. Cuando llegó mi compañera, me miró, sonrió y me dijo:

-Hoy cada vez que te mire me vas a dar alegría.

De eso se trata. No importa lo ridículo que uno pueda parecer, pero una sonrisa arrancada es un día ganado.

Y para demostrarlo, ahí va la foto de la protagonista de esta historia, para que entendáis por qué me enamoré a primera vista:

IMG_20150418_170957[1]

¡Si es que estamos hechas la una para la otra!

Y para todos aquellos que hubieran esperado vérmela puesta… tal vez, solo tal vez, igual pronto os sorprendo.

Dedicado a Ángel, el artista de los nudos. Tardaré bastante en deshacer éste, si es que algún día lo (des)hago.

 

 

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2 respuestas a Pues que me he comprado una corbata

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