Una flor muy cara


Esta historia del metro que os traigo hoy es, por raro que parezca -y eso es lo triste- 100% verídica. No he tenido que inventar nada, todo ha sucedido así, los personajes y las reacciones han sido tal cual los cuento. Una de esas pequeñas historias que merecen ser contadas, aun sabiendo que las palabras se quedan cortas.

Al hacer el transbordo en la primera estación de la línea, el metro estaba vacío. Me he sentado en el vagón como de costumbre, móvil en mano y auriculares en las orejas, dispuesta a cambiar el mundo real por ese otro de piececitas de colores (sí, soy tan de la vieja escuela como adicta al tetris).

No suelo hacerlo, pero en un momento he levantado la mirada de la pantalla y he visto a un tipo un poco peculiar, haciendo como malabarismos con un trozo de papel y moviendo las manos de una manera un poco rara. El tren aún no había salido y el muchacho se ha inclinado hacia adelante, mirando quizá sin ninguna intención a la chica que tenía enfrente.

¿Qué ha hecho la chica? Bajar la mirada y cambiarse de asiento, de modo que el chico tenía sus 4 asientos y los 4 de enfrente para él solo y sus extraños malabarismos.

El metro arranca y yo intento seguir a lo mío. En la siguiente estación, se ha oído por encima de mis auriculares un “Buenos días” de esos que provocan que todo el mundo ponga sus bolsos y carteras a resguardo. Sólo que esta vez en el vagón nadie estaba pidiendo dinero ni moviéndose con dificultad por el vagón ni tratando de dar pena.

“Qué raro,” he pensado, volviendo a mi mundo virtual, “habrá sido una alucinación mía”. Pero a la parada siguiente de nuevo el mismo saludo genérico y unas cuantas decenas de cabezas bajas como respuesta.

-Buenos días, amigo- dice la voz del muchacho a la única persona que se ha dignado a sentarte enfrente de él -¿Qué tal estás hoy? Cuánto tiempo sin verte, diría que desde la última vez.

En ese momento he tenido que girarme. El chico era potencialmente un buen protagonista para una de mis historias, así que disimuladamente me he quitado un casco y he guardado el móvil en el bolso.  Él y dos cestos llenos de flores de papel estaban ocupando literalmente cuatro asientos, y estaba entretenido fabricando otra flor.

Parada tras parada, daba los buenos días y ofrecía una de sus rosas a quien entraba en el vagón:

-Coge una, anda. ¡Que son gratis!

Pero nadie se ha atrevido a coger ninguna en cinco paradas, hasta que me ha tocado el turno de bajar a mí que, como él estaba justo al lado de la puerta, no he podido evitar pasar a su lado.

-¿De verdad no quieres una? Que te la regalo, venga.

He echado un vistazo con recelo e instintivamente yo también he intentado proteger mi bolso, aunque en mi defensa diré que un microsegundo después me he sentido avergonzada por ello.

-Bueno, en realidad no son gratis. Te voy a cobrar… una sonrisa por ella.

Las miro, son preciosas. Y luego le miro a él y por fin veo su cara desaliñada, a la que faltan dos dientes.

-Pues entonces quiero una. Sólo dime, ¿qué color crees que me va más?- pregunto mientras le pago.
-Pues llévate la que quieras, pero diría que tu alma es amarilla porque, aparte de tu sonrisa, por dentro eres una persona tan divertida como el color de tu ropa.

[Ni que decir tiene que esta mañana llevaba puesta una combinación de camiseta amarilla, pantalón verde azulado y chaqueta lila]

-Pero el amarillo de tus flores no es suficientemente chillón para mí, me temo.- le digo, y cojo una flor morada -Aquí tienes, una sonrisa extra de propina y mil gracias por alegrarme la mañana.

He bajado del metro y en cuanto he puesto un pie en la calle he tenido que inmortalizar el momento.

flordepapel

Sí, podría ser tan sólo una flor de papel en un mundo lleno de gente que va y viene sin disfrutar del trayecto y con prisa por llegar a su destino. Pero hoy es también una sonrisa mía, una lección aprendida y un día ganado. Porque un día que empieza así sólo puede traer cosas buenas.

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