Reto 52 semanas, 52 relatos #3: La muerte fantasma


Ahí va el tercer relato para el reto de El Libro del Escritor. Así a priori, bastante más asequible que las dos primeras entregas:

3. Empieza una historia con: “Estoy de pie en mi cocina…”. Debe ser una historia de suspense.

Empecé a escribir ayer, pero cuando lo tenía acabado vi que se parecía más a un relato de humor que de suspense, así que me ha costado más de lo que esperaba. Definitivamente, no es fácil escribir un relato serio de suspense, espero haberlo logrado al menos un poco.

Estoy de pie en mi cocina con el trabuco en las manos de nuevo, pero ni siquiera estoy seguro de saber cómo he llegado hasta aquí. La noche ha sido muy larga, más de lo habitual.

Creí que estaba acostumbrado a esto, pero en mi propia casa, sin cámaras y sin mis compañeros no es lo mismo.

Antes de acostarme anoche lo dejé todo recogido: los platos en el lavavajillas, los aparatos eléctricos apagados (no en stand-by, que eso consume mucho), la ropa de mañana doblada y preparada, el gas cerrado, la llave echada en las dos puertas y la alarma conectada. Pero aun así, cuando me metí en la cama sentía que algo se me había olvidado.

Me he despertado intranquilo en medio de la noche, incapaz de acabar con esa sensación. El silencio que me rodeaba era tremendamente molesto. Desde que Rania murió, mi vida no es la misma, aunque me comporto exactamente igual que entonces… exactamente igual que ella. He dado vueltas en la cama, enorme para uno solo, y a la quinta he caído vencido por el sueño.

Tanto trabajar de noche hace que al final no sea fácil conciliar el sueño cuando estás en casa, así que uno tiene sus trucos: cuando no puedo dormir, me imagino haciendo sentadillas, normalmente antes de las veinte ya he caído rendido.

Suele funcionar, pero esta noche no. Llevaba ya más de treinta y ahí seguía, despierto y con dolor de piernas, cuando el fantasma de la inseguridad ha vuelto a visitarme. “¿Qué será lo que he…?” He repasado mi lista y la suya más veces de las que recuerdo y todo parecía seguir en orden.

Hasta que algo ha sonado en el piso de abajo. Un golpe seco, “ahí hay alguien. O algo”. Una sombra que se ha proyectado desde la escalera, una sombra alargada y siniestra como las ilusiones que crea nuestro equipo.

Estaba haciendo mucho ruido, un ruido indefinido de mover cosas, de arrastrar, de crujidos… Así que a pesar del miedo y del frío me he decidido a bajar, casi prefería el silencio siniestro a esto pero es que sabía que si no bajaba no podría volver a dormirme.

He visto claramente el punto de luz y lo he reconocido a la primera. Solo que esta vez no se trataba de uno de nuestros montajes.

Un arma, necesitaba un arma. Mi equipo estaba en el garaje, ir a buscarlo habría sido arriesgado pero además me habría servido de poco. Así de pronto y en esas circunstancias el trabuco que heredé de mi abuelo se ha convertido en mi única opción. Vale, más que un arma es un objeto de atrezo colgado en una pared, pero seguro que serviría para asustar al intruso más que nuestros artilugios.

He avanzado despacio, mirando a todos lados. A pesar del ruido, no se veía a nadie, aunque sí he notado ese frío que tantas veces fingí detrás de mí. De pronto, una mano me ha tapado la boca y lo único que he acertado a hacer ha sido disparar el trabuco, que para mi sorpresa estaba cargado, y pegar codazos al aire, porque la mano y su dueño de pronto se han vuelto humo.

Puede que la mano fuera de un fantasma, pero los disparos han sido reales y han provocado destrozos por toda la casa. Nunca creí que un juguete pudiera crear tal caos.

Gritos sordos por toda la casa. Aullidos de mujer que no he sabido interpretar. Si al menos Sam estuviera aquí para convencerme de que es otro de los trucos de la productora…

¿Qué haría yo mismo en una situación como esa si tuviera una cámara delante? He intentado tranquilizarme y he gritado al vacío:

-¿Quién eres? ¿Qué quieres?

La voz sonaba esta vez sin guion, pero claramente ha dicho “Ra-nia”. Mucho más nítida que en nuestras grabaciones, sin duda. Luego, palabras entrecortadas que no sé si no he querido o no he sabido descifrar.

Un único pensamiento repetido en voz alta: “Yo… no… te maté”. O sí, pero eso ahora ya qué más da.

He caído al suelo, supongo. Sentía su aliento de nuevo en mi cogote, y por muchas veces que la haya representado, la realidad no es una experiencia tan agradable.

He sentido mi cuerpo rodar, arrastrarse, pero ni siquiera me he atrevido a abrir los ojos. No quería verla, no así. Todo era verde como en las imágenes que solemos grabar.

Cuando he despertado estaba de pie en la cocina con el trabuco en las manos, y aquí sigo. Agujeros de bala y enseres rotos por toda la casa. Y mi nota de suicidio, escrita por alguien que no soy yo, preparada en la mesa.

Solo espero que Sam y Quentin vengan pronto a visitarme para que puedan grabar su muerte y atestiguar la mía en directo.

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