Reto 52 semanas, 52 relatos #10: Aquelarre


 En esta ocasión os ofrezco en primicia un relato de fantasía para el reto de El Libro del Escritor:

12. Escribe una historia sobre un personaje que está viviendo tu festividad favorita (Navidades, Halloween, San Juan…).

Que me perdonen los fans puristas del género, en el que no soy precisamente experta, pero es que no puede haber San Juan sin magia.

Hermanas, reuníos conmigo junto a la hoguera. Hoy es un día importante. Hoy, noche de fuego, daremos la bienvenida a nuestras hermanas Dorotea y Beatriz. El rito sagrado nos ayudará a decidir quién de ellas es el Fuego y quién el Agua y con su consentimiento podremos por fin cerrar el círculo.

Sasha y Rebeca, Tierra y Aire, llevaban tiempo esperando ese momento. Sin el Agua y el Fuego, su poder era tan limitado como el de cualquier humano. Llevaban años creyendo hallar a las elegidas, pero siempre resultaban ser impostoras: el polvo seguía siendo polvo y con él se iban sus esperanzas de dar paso a la nueva generación. Habían intentado muchas veces instruir a las que veían como candidatas sin saber que la luz sagrada no se aprende. Y esa noche, la quinta noche de San Juan después de su transformación, ni siquiera confiaban ya en que el rito funcionaría.

Todas las hermanas formaron un círculo, en el centro del cual estaban las nuevas, las únicas que por el momento vestían de blanco. Al acabar la noche, con suerte, una cambiaría el color de su túnica por el rojo y la otra por el azul para permitir que los cuatro elementos se reunieran de nuevo.

Gertrud, la más anciana, era la encargada de iniciar la ceremonia, pues ella iba a ceder la túnica roja a su sucesora. Se sentía demasiado débil para continuar su labor, de modo que los Dioses habían aceptado su renuncia.

Polvo sagrado, arroja sombra sobre mi cuerpo y luz sobre la elegida, que portará la magia del Fuego allá donde vaya.

Esparció el polvo en el aire y poco a poco su cuerpo se convirtió en ceniza para el asombro de las asistentes. Ese mismo polvo cayó sobre Beatriz y la transformó en una gran bola de fuego. Sasha y Rebeca dieron un paso atrás; asistir a la transformación es impactante, por mucho que una se crea preparada para ello.

El fuego se fue apagando lentamente, y cuando Beatriz volvió, vestida de rojo, a su figura habitual, Yocasta avanzó con miedo. Después de tanto tiempo, de pronto no quería volver a reunirse con la Madre Tierra, pero no tenía alternativa. Había que dar paso a las nuevas generaciones.

Se acercó al centro del círculo, cogió su puñado y cruzó los dedos antes de pronunciar su conjuro:

Polvo sagrado, cubre de nieve mi cuerpo y riega el de la elegida, cuya Agua fluirá de hoy en adelante.

Yocasta sintió de pronto cómo el frío húmedo y hasta entonces amigo la transportaba hacia un lugar sin retorno mientras la lluvia se fundía con Dorotea que, segundos después, se elevó completamente seca.

Sasha y Rebeca unieron sus manos a las de sus dos nuevas hermanas y todas juntas formularon el conjuro de unión:

“Madre Tierra, concédenos el poder de honrarte y cédenos la sabiduría de tus entrañas.

Padre Cielo, protégenos para que nosotras protejamos al resto de los mortales.

Océano eterno, inspíranos y guíanos por los laberintos del Eterno Paraíso hacia un mundo mejor.

Sol ardiente, danos la fuerza necesaria en la búsqueda de la justicia.”

Todo se volvió gris, a excepción del enorme tornado que surgió del círculo. El mundo estaba bajo su control. Las cuatro, reunidas, podrían evitar catástrofes, proteger el mundo y salvar muchas vidas.

Todas tenían poder juntas, pero todas cometieron el mismo error: intentar robar el poder a sus hermanas. Sasha quería ser Fuego, Rebeca envidiaba al Agua y Dorotea y Beatriz hubieran dado su vida por tener los cuatro poderes para ellas solas.

Padre Cielo no pudo protegerlas aquella mañana. En vez de usar su fuerza para construir, enfrentaron sus poderes en una lucha entre iguales: el viento atizaba el fuego y la lluvia no pudo apagarlo porque la arena frenaba al viento. La Tierra fue por un momento un caos de guerrras y devastación, una masacre de inocentes provocada por quienes debían protegerles.

Los Dioses se resignaron, el poder no está hecho para los humanos.

Las cuatro brujas cayeron exhaustas, ninguna acertó a ver cómo sus hermanas sucumbían a cada elemento. El polvo reinó sobre sus sombras, no hubo homenajes ni ceremonias.

El siguiente aquelarre jamás llegó a celebrarse. Ya no había túnicas de colores que ceder, ni sucesoras dignas del honor. La vida siguió su curso, y el solsticio fue solo eso, el paso de una estación a otra, sabiendo que todo debe cambiar para luego volver a su lugar.

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