Reto 52 semanas, 52 relatos #14: No.


Lo que más me ha costado de este reto de El Libro del Escritor ha sido contar algo que no haya contado ya…

14. Describe cómo eras de niño como si fueras un personaje de un libro (narrador en tercera persona).

Por supuesto, me encanta hablar de mi infancia, de cómo era y de las razones que me han llevado a ser quién soy. Describirme físicamente sería demasiado reiterativo: todos saben que yo era gorda, fea y todas esas cosas. Por algo soy el tema principal de este blog.

Solo entendí cuánto sufrió mi madre y el resto de personas que me rodeaban por la dichosa palabrita cuando vi que mi hijo la había heredado. Esta es mi historia y probablemente sea la suya.

Dicen que toda alma rebelde nace sumisa, y puede que tengan parte de razón.

Cuando nació era una flor delicada. Nadie supo nunca qué es lo que la hizo cambiar, tal vez ni siquiera ella.

Sin darse cuenta, pasó por algunas enfermedades que quizás le marcaran la vida. Un constante no poder hacer las cosas que otros sí podían, sentirse incomprendida por ello y despreciar el mundo hostil. Y, a los siete años (o puede que antes, qué más da) aprendió la palabra más importante en su vida: NO.

Puede parecer negativo, pero ella no lo veía así. No, el mundo no era su mundo y no quería pertenecer a él. No, no todo es lo que parece, ni falta que hace. No, no todos somos iguales, aunque muchos se empeñen en serlo. No, no necesitas a nadie cuando sabes cuidarte sola. No, no me da la gana. Y punto.

Quizás algunos piensen que fue la opción fácil, pero se equivocan. Aprender a decir que no significa renunciar a muchas cosas, y requiere un esfuerzo mental que pocos pueden soportar. Significa pensar en argumentos, desconfiar por naturaleza de todo y decidir por ti mismo. Y asumir y aceptar esa soledad.

Y, a veces, dudar.

Creció y se hizo adulta. Se dio cuenta de que había visto el mundo siempre detrás de una ventana de cristal, oculta tras una cortina que le impedía verlo tal como era. Todo lo que tenía era no tener nada, no esperar nada y no querer nada. Una nada infinita que te ahoga. Descubrió que saber lo que no quería había hecho que no supiera lo que quería.

Nunca es tarde para cambiar un “no” por un “sí”. O eso dicen.

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