Reto 52 semanas, 52 relatos #18: El ciclo del agua


El reto  de El Libro del Escritor se basa en esta ocasión en una de las cosas que más me inspiran:

18. Escribe un relato que involucre agua como elemento relevante de la historia.

Según lo he leído, se me ocurrían muchas historias, unas más tristes que otras. Algunos recuerdos que sería demasiado osado compartir por aquí. El agua forma parte de muchas de mis fantasías, pero no me apetecía hablar de eso ahora, quizás en otro momento. Porque en un día como hoy, lo único que quiero es que deje de llover.

Lluvia tras el espejo. Esta no, ya no soy yo.

Así desnuda, mi cuerpo no es más que los restos de un envoltorio. No sé cómo empezó todo ni por qué, pero es hora de ver de nuevo el final.

Lluvia. Como aquel día de septiembre, cuando nos conocimos. Me prestaste tu paraguas y yo ya no quise soltarlo más. Me susurraste cosas bonitas al oído, supongo que pretendías ser amable pero en ese instante creí que… Tu sonrisa hizo que no pudiera evitar seguirte a dondequiera que fueses (ni siquiera sé qué lugar sería ese ahora que estoy al otro lado del tiempo), en un mundo paralelo al tuyo.

Luego salió el sol, o eso pensaba yo.

Un día, todo terminó. Tan fugaz como la lluvia de agosto. El mismo mar que en mi imaginación nos acunaba con sus olas mientras nos fundíamos el uno en el otro fue testigo de tu traición y me devolvió a la realidad. Ella, más rubia, más guapa y más delgada que yo. Más delgada.

El agua del mar ascendió y se formaron de nuevo las nubes.

Lo hice por ti, supongo. O por mí, no lo sé. Primero, comía menos. Después, bebía más. Al final, mi vida se convirtió en un mar de vómitos. Cada vez que me ponía frente a este maldito espejo me veía más gorda. Y ella más delgada. Y yo más gorda. Vomitar, adelgazar por fuera, querer estar más guapa y volver a vomitar. Pasear por la calle sin darme cuenta de que el mundo a mi alrededor había cambiado, que yo era parte de ese cambio y que me había convertido en un fantasma.

Ya no ibas con ella de la mano. Hacía un par de semanas que lo habíais dejado. Viste mi sombra errante y cambiaste de acera. Llovía de nuevo, pero tu paraguas ya no me daba cobijo.

Después me topé con ella, que sin ti se me antojaba demasiado delgada. Me dio un escalofrío de pensarlo. Anorexia, le llaman.

Anorexia, me llamaban. Sentí cómo mi cuerpo se desplomaba bajo la lluvia y nadie acudía para recogerlo. Sentí que me pisoteaban, que era invisible, que pronto desaparecería y me fundiría con la lluvia para siempre.

Me he despertado aquí de pie frente al espejo, mirando ese cuerpo que ya no es el mío y que, ahora lo sé, nunca será tuyo.

Cualquier día es bueno para renacer, como el ciclo del agua, que nunca se cierra.

 

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