Reto 52 semanas, 52 relatos #22: Atormentado


En esta ocasión, el reto de El Libro del Escritor podría haberme resultado muy fácil, pero he decidido salir de mi zona de confort:

22. Escribe un relato que tenga lugar durante una tormenta.

Se me ocurrían muchas historias de todos los géneros posibles, así que he optado por la más difícil de ellas. Juzguen ustedes mismos el resultado 😉

Noah miró por la ventana y decidió encerrarse en casa. Cerró la puerta echando todas las llaves y bloqueó la puerta con una silla.

Tras la ventana el cielo ya casi ni existía. El rojo, el gris y el negro luchaban por hacerse hueco de una manera salvaje e incansable entre los rayos cegadores, que no presagiaban nada bueno.

Normalmente, la soledad era lo único que podía aliviar sus pecados. No creía en Dios, más que nada porque ese ser no hubiera permitido jamás que su alma atormentada existiera, pero cada vez que hacía lo que hacía tenía que buscar un culpable, una razón, un responsable de sus actos. Y esa era, sin duda, la madre Naturaleza, que con sus cambios constantes le empujaba al abismo.

Cogió una manta y se acurrucó en el sofá. Después, soñó que dormía toda la tarde y toda la noche. Por la mañana el cielo estaba despejado, y los rayos y las nubes se habían trasladado a su conciencia. Dolor y olor a resaca, sabor amargo al intentar tragar con la boca.

“Mierda”.

Corrió hacia la puerta. Estaba abierta, la silla volcada en el suelo. Le temblaban las piernas cuando salió al jardín. Cuatro cuerpos esa vez. Cuatro personas sin vida.

Les hizo fotos, que guardó junto con las del resto. Ya eran veintitrés en total. Como las otras veces, metió los cuerpos en el maletero y celebró un funeral con más homenajeados que público en una carretera secundaria. Antes de prenderles fuego, se arrodilló ante ellos y se santiguó como por instinto.

No quería hacerlo. No recordaba haberles matado, pero obviamente había sido él. Sin embargo, era un buen hombre y no sabía por qué le estaba pasando todo esto. Por supuesto, no podía ir a la policía porque le meterían en la cárcel o algo peor. Tampoco podía compartir su secreto, así que con el tiempo aprendió a ser un sigiloso y solitario ermitaño que solo salía y hablaba lo justo. Nadie se dio cuenta.

Vivía con miedo esquivando la tormenta, algo difícil en esa zona del mundo en la que habitaba. Hasta que el miedo se volvió rutina y las caras de la gente enterraron su conciencia.

No se acordaba. A veces, repetía en sueños ese instante, pero al despertar ya lo había borrado de nuevo de su memoria. Tenía nueve años. De lejos, oía a su madre gritar:

—¡Noah, no salgas a jugar ahí afuera, con el tiempo que hace!

Pero Noah era un espíritu rebelde que ya nunca volvería a ser libre. Un rayo le cayó en la cabeza, y milagrosamente sobrevivió, por así decirlo. Pero todos los que salieron a buscarlo murieron fulminados, así que no se convirtió en un superhéroe precisamente.

 

Avanzó sonámbulo y a tientas. Apartó la silla, abrió la puerta y salió de caza. Cualquier transeúnte al que la tormenta hubiera pillado desprevenido serviría. Sin mirarle a la cara, lo levantó con una fuerza sobrehumana en el mismo punto donde el rayo volvía, en cada tormenta, a su encuentro. Tres personas más se cruzaron en su camino esa noche. Un pequeño sacrificio comparado con la muerte de toda su familia biológica y todos esos amigos que apenas recordaba.

Dejó los cadáveres sobre el césped y se volvió a tumbar en el sofá. Cuando amaneciera el cielo volvería a ser azul. ¿Hasta cuándo?

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