Reto 52 semanas, 52 relatos #24: El cementerio


Este reto de El Libro del Escritor me ha quedado un poco gore, lo sé.

24.Escribe un relato que termine con un cliffhanger.

La verdad es que me ha parecido muy difícil, y he teido que empezar buscando ese final y construir el relato desde ahí. Por eso el resultado no es lo que parece. O quizás sí. ¿Alguien se atrevería a decir a qué género pertenece?

Llamadme raro, pero mi mayor fantasía es… era, mejor dicho, hacerlo en el cementerio.

Vivíamos justo en la acera de enfrente. De chico, pasaba todos los días por delante sin atreverme a entrar, y mi madre me obligaba a santiguarme y acelerar el paso. Por la ventana, siempre miraba con curiosidad ese sitio extraño, ya casi abandonado, donde el tiempo parecía haber dado la razón a sus inquilinos.

Cuando me fui haciendo mayor, el cementerio seguía allí, y con él la prohibición de entrar, lo que hacía que mis sueños y mi curiosidad fuesen a más. Tuve varias novias, y a todas les reté a adentrarse conmigo en ese mundo. Y todas ellas, casualidad o no, me dejaron al día siguiente de hacerles la propuesta.

Hasta que me topé con Raquel, mi primera chica de aspecto nada gótico: a diferencia de las demás, rubia de pelo pero morena de piel,con ojos verdes y sonrisa perenne. Algo más joven que yo. No sé por qué, pero me enamoró al instante, y eso que no era mi tipo.

Me gustaba tanto que no me atrevía a dar el paso.

—¿Por qué siempre que pasas por aquí me miras así? —me preguntó el día que hacíamos dos meses, delante de la puerta.

Rojo como un tomate, le pregunté si se atrevería a… y para mi sorpresa dijo que sí.

Esa misma noche, quedamos a las 12 justo en ese punto. Por la ventana vi que venía preparada incluso con una manta y bajé corriendo las escaleras. Estaba listo.

Me recibió con un beso a la luz de una farola y de mi cuerpo saltaron chispas.

—Vamos. —Me cogió de la mano y la apretó con fuerza antes de cruzar el umbral.

No fue difícil, ni siquiera tuvimos que colarnos porque la puerta estaba abierta.

Dentro, hileras de tumbas que parecían desordenadas, personas muertas que a ella no parecían impresionarle demasiado.

—Siéntate ahí —ordenó, y yo me apoyé en la lápida que señalaba.

Ni siquiera la manta podía tapar el frío de la tumba, que traspasaba mi piel. Pero a ella parecían divertirle mis escalofríos. Se puso encima de mí, y antes de que yo pudiera reaccionar empezó a cabalgarme despacio. Ya me había dado cuenta de que no llevaba sujetador nada más verla, pero es que tampoco llevaba nada bajo la falda.

Nunca creí que perder la virginidad fuese algo tan fácil. Sé que me sentí ridículo al desplomarme, pero la mano huesuda que empujaba sus caderas contra mi cuerpo no era la suya.

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