Reto 52 semanas, 52 relatos #25: Mi coche


Seguimos cogiendo ritmo con el reto de El Libro del Escritor, ¡casi casi he llegado al ecuador!

25. Escribe un relato sobre un personaje que en su infancia fuera pobre y ahora rico, o viceversa.

Muchas posibles historias me venían a la cabeza, tanto de un lado como del otro, así que he dejado que el relato se escribiera casi solo.

Mi vida cambió en un instante. El mismo en que mi Lamborghini nuevecito se estrelló contra un Ford Fiesta de los 80. Yo iba a 240 por una carretera con límite de 90 y era divertido.

El hombre, su mujer y sus hijos murieron en el acto. Mi coche, que costaba poco más que su casa, no sobrevivió al accidente y mis piernas tampoco. El Ford, en cambio, aún funcionaba.

Ni siquiera el equipo de médicos expertos traídos expresamente por mis padres desde Reino Unido consiguió librarme de la silla de ruedas. Minusválido para el resto de mis días. Pero aún había algo peor.

Mi familia demandó a los herederos de la familia que tuvo la desgracia de cruzarse en mi camino, como si la culpa hubiera sido suya. Y ganamos el juicio, o más bien fueron mi padre y sus abogados quienes lo ganaron. Cuarenta mil euros por daños y perjuicios, un dinero que no tenían. Pero en el último momento, yo acepté quedarme con el viejo Ford Fiesta como pago, más que suficiente para mí.

A mis padres les pareció cobarde. No habían llegado a ricos haciendo concesiones; yo estaba en mi derecho, pero a partir de ese momento, para que aprendiera a no rechazar tanto dinero cuando te corresponde, ese coche pasó a ser mi única pertenencia. Me echaron de casa con lo puesto, y como ya no podía caminar por mí mismo, tampoco serviría para representar la tercera empresa de mi padre. En la calle por partida doble.

En ese momento empezó mi vida. Tres meses viviendo en un coche me enseñaron más que veinte años sin atarme siquiera los cordones de los zapatos.

Comía de lo poco que me daba la gente por la calle (los primeros días descubrí que ponerte a pedir en la zona de Serrano no es la mejor de las ideas). Poco a poco mi silla, mi coche y yo fuimos cogiendo fuerzas. Lo más duro fueron los primeros días sin móvil y descubrir que la amistad no existe cuando no puedes pagarla.

Cuando me acostumbré a vivir con eso, parecía haber descubierto el sentido de la palabra “felicidad”. Solo me quedaba una cosa por hacer…

Entré en el taller de R. Sánchez. El señor Sánchez padre estaba llenito de grasa, sudando debajo de un coche. En otra época, ni me habría acercado a él, pero desplacé la silla hasta ély le di un abrazo.

Me miró, pero su mirada no reflejaba odio. Tenía demasiado trabajo ahora que su hijo no estaba como para pensar en eso. Con un hilo de voz, pronuncié esa frase que nunca antes había salido de mi boca:

—Lo… siento.

El hombre se echó a llorar, y mientras él lloraba yo, a bordo de mi silla, casi por instinto cogí una llave y terminé de arreglar ese Renault destartalado.

Me ofreció trabajo, no quise que me pagara pero todos los días iba a ayudarle a cambio de una ducha, una comida y una cena calientes y un poco de gasolina. Y una familia con la que poder hablar.

Desde entonces, cada noche vuelvo a mi Ford, conduzco despacito sin rumbo fijo y admiro el paisaje hasta que me entra el sueño. Me acurruco en el asiento de atrás y me sobra espacio para ser feliz.

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