Reto 52 semanas, 52 relatos #28: Objeto


¡Vamos a ponernos un poco salvajes para el reto de El Libro del Escritor!

28. Escribe un relato en el cual el personaje principal se despierta con una llave agarrada en su mano. Céntrate en cómo llegó a tener esa llave y qué abre.

La isnpiración hoy me manda de vuelta a mi propio mundo, vaya usted a saber por qué. En cuanto leí las instrucciones para hoy, lo tuve muy claro: mi llave, más que abrir, cierra. Cierra la puerta y cierra la boca a todas esas personas que creen que los cazadores son ellos. Más veces de las que creemos se equivocan.

“Cierra la puerta cuando salgas, y me dejas la llave en el buzón.”

La conoció, como a todas las demás, en el bar de Seth. Todo fue igual de fácil: el camarero le puso otra ronda de lo que fuera que estuviera tomando y él le hizo una seña y sonrió desde la otra punta de la barra. En diez segundos, ella y el anzuelo estaban a su lado. Ninguna mujer que salga sola rechaza una copa.

Hola, guapa. ¿Cómo te llamas?

Marina.

¿Vienes mucho por aquí?

No lo suficiente, al parecer. Tras un pequeño sorbo, se humedeció los labios. “Esta me lo está poniendo fácil”.

Sus miradas se cruzaron el tiempo justo para llegar hasta la pared del cuarto de baño. Estaba ocupado, así que empezaron antes de entrar. Él mordía cada rincón de su escote y ella agarraba su paquete con una extraña combinación de fuerza y delicadeza ante la mirada impasible de todos los que estaban esperando delante de ellos.

¿Nos vamos a mi casa? La chica estaba impaciente.

Cómo decir que no a una proposición tan tentadora. Se despegó dos segundos del cuerpo de ella, hizo un gesto grosero a la gente de la cola para marcar su victoria y fue a por la chaqueta. Quiso pagar la cuenta, pero eso ya lo había hecho ella. Bien.

A las cuatro de la mañana las calles están desiertas, y los pocos que se atreven a andar por ellas no prestan demasiada atención a lo que sucede a su alrededor, de modo que dejó que Marina le guiara hasta el césped. No supo con qué, pero de pronto se vio tendido en la hierba con las manos atadas en alto, y esa mujer sobre él, recorriendo todo su cuerpo con algún objeto que había sacado del bolso y que no se veía muy bien. Solo sabía que cuando tocaba alguna parte de su piel sentía un pequeño escalofrío, desagradable pero a la vez excitante.

Al principio no le gustó, pero decir que no ya no era una opción. Ella le desnudó en medio del parque y ni siquiera dejó que él la tocara. Se movía con manos rápidas, expertas, ayudada por aquel objeto. Estaba acorralado y eso le excitaba. Tanto, que terminó allí mismo, exhausto sobre el césped, sin saber muy bien lo que estaba sucediendo.

Cuando despertó, no recordaba nada. Estaba tirado en una cama, desnudo y solo. En la mano, una llave que olía a los restos de su propio cuerpo con una nota. Nada más.

Se sentía solo. En sus quince años de caza nunca, jamás, una presa se había comportado así. Qué menos que prepararle el desayuno. Qué menos que despertarle con un beso y un polvo mañanero como despedida.

Se fue por donde supuso que había entrado, cerró la puerta y tiró la llave. Ella no le había dado su teléfono y ni siquiera le había pedido su nombre. Ni su opinión.

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