Reto 52 semanas, 52 relatos #30: Sobre vivir


Nos viene bien este reto de El Libro del Escritor como herramienta de promoción. ¡Ni que lo hubieran hecho aposta, oye! 😉

30. Escribe un relato sobre cómo sobrevivir en una isla desierta.

Por si no lo sabíais, junto con otros 31 autores participo en La Isla del Escritor, una antología muy especial donde precisamente el único nexo en común que tienen los relatos son las islas. Podría haber reescrito mi relato, pero entonces no compraríais la antología, y además os adelanto que nada tiene que ver con la supervivencia. ¿O sí?

Así que en vez de eso ahí va otra historia dedicada a todos mis compañeros isleños. ¡Que la disfrutéis!

“¿Qué tres cosas se llevaría a una isla desierta?” es una pregunta tan típica para una entrevista que contesté automáticamente: “Un mechero, papel y lápiz y ropa cómoda”, que en realidad son cuatro cosas, lo sé, pero siempre digo que para mí el papel y el lápiz forman una entidad indivisible.

Ojalá mi respuesta hubiera sido “A mi vecina del quinto” como realmente pensaba, aunque suene políticamente incorrecto.

La entrevistadora se me quedó mirando, anotó mis respuestas y la entrevista siguió su curso normal. Apenas noté que, entre el resto de preguntas, se colaban mi talla de ropa y zapatos y mis gustos literarios. Cuando uno ya ha pasado por tantas selecciones, está acostumbrado a cosas de lo más absurdo y privado, pero hay que responder o te arriesgas a perder la oportunidad… de que no te cojan.

—Bien, señor Alonso. Hemos terminado. Pase por aquí.

Esperaba alguna frase de cortesía que me indicar el resultado, al menos un “ya le llamaremos”, pero en vez de eso y de indicarme el camino a la puerta de salida la mujer abrió la puerta de un despacho con salida a la terraza. Solo sé que vi un helicóptero, noté un pinchazo y de pronto me desperté aquí. En una isla desierta. Solo agua a mi alrededor. A mi lado, una maleta con unos cuantos pijamas, unas buenas zapatillas, seis mecheros, ocho libretas y un portaminas con unos cuantos recambios.

Miré a mi alrededor. Agua, arena y palmeras. Echaba de menos a mi vecina, sí.

¿Por qué se me ocurrió lo del mechero? Es lo que te recomiendan que digas, hacer fuego te puede salvar la vida si se te acerca algún animal y de paso te lo puedes comer y matas dos pájaros de un tiro. Pero va a ser que por no haber animales no había ni mosquitos.

La ropa cómoda… bueno, dicen que en todas partes hay que sentirse a gusto, y yo no me veo en un sitio así con corbata, la verdad. Me puse uno de los pijamas que había en la maleta, y dentro de él, definitivamente, la vida se veía mejor. En un impulso, tiré la ropa que había llevado a la entrevista al mar, pero luego me di cuenta de que cuando vinieran a rescatarme haría un poco el ridículo con esas pintas. Aunque tampoco sabía cuánto tiempo iba a pasar allí, así que en ese momento poco importaba.

Como escritor aficionado, tenía que pedir papel y lápiz. Ya que estás viviendo una experiencia que posiblemente no se repetirá jamás, tendrás que escribir un diario por si te vuelves loco o, si te encuentran, poder escribir tus memorias, ¿no? En ese momento me vino a la cabeza que tenía que haber pedido un boli en vez de un lápiz, ya que como todo el mundo sabe los lápices sin sus compañeras las gomas pierden su encanto. Anoté en la primera libreta la fecha y escribí: “nota para mí: la próxima vez, pedir lápices de los que traen goma.” Intenté borrar con el dedo mojado en saliva la “g” de goma, que me había salido chuchurría, pero no funcionó.

“Vale, Alberto, alguien te está tratando como conejillo de indias. Alguien quiere saber si realmente sobrevivirías con estas tres cosas”. El experimento no tenía gracia, no.

Me quedé parado sopesando mis opciones. No había nada en la pequeña isla aparte de las palmeras, que ni siquiera tenían cocos. Pescar no estaba dentro de mis alternativas: se me daba fatal de niño y, además, odio el pescado. Ni siquiera sé nadar…

Puse un pie en el agua, estaba fría. Me senté en la orilla y esperé. Esperé. Nadie es tan cruel como para abandonarte así a tu suerte. ¿Seguro?

Quemé las palmeras con el mechero, a ver si con el humo alguien me veía. Mucho humo. Humo por todas partes hasta que me dormí.

Vi una luz y a mi vecina sonriendo. Y eso es lo último que vi. Por suerte, ya no tendré que pasar por más procesos de selección.

Me enterraron con el pijama puesto. En mi epitafio, grabada en piedra, la última frase que escribí: “pedir lápices de los que traen goma”, qué bonita metáfora.

 

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4 respuestas a Reto 52 semanas, 52 relatos #30: Sobre vivir

  1. Pingback: 52 semanas, 52 retos | El boli rojo

  2. Humor reverente para un relato ligero y agradable.

  3. Mia Lozano dijo:

    ¡muy buena historia! Yo esa la hice hace ya unos días,pero no se me hubiese ocurrido lo de quemar las palmeras. ¡Pobres palmeras! Pero muy buen relato 🙂

    ¡un saludo,

    Mia!

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