Reto 52 semanas, 52 relatos #32: Elefantes


Esta entrega del reto de El Libro del Escritor se ha escrito casi sola:

32. Escribe un relato sobre las marcas que deja la vida en la piel.

Bueno, en realidad este tema es justamente el hilo principal de mi Tatüaje, pero me da suficiente inspiración como para crear otro relato nuevo. Y es que la vida de un escritor se construye a partir de las vidas anónimas que hay a su alrededor. ¡Disfruten del viaje!

Parece un elefante. Y en cierto modo lo es.

Como los elefantes, su vida ha sido larga. Como los elefantes, camina siempre a paso lento, disfrutando el camino, y podría decirse que a través de su mirada se nota la indiferencia hacia lo que los demás puedan pensar de ella. Aunque en realidad los demás le importan, y mucho, cada habladuría es una arruga en su piel que la hace más vieja, más sabia y más ella.

Dicen que los elefantes tienen muy buena memoria. Ella, a sus muchos años cumplidos, recuerda todo lo bueno y lo no tan bueno de su vida. Cada vez que la visito me habla de su infancia, de lo dura que era la vida antes y lo fácil que es ahora. Yo la escucho hipnotizada, como quien se queda con la piel de gallina al escuchar en directo a su cantante favorito, y tomo nota. Los demás dicen que ya no está muy bien de la cabeza, que a ver cuándo deja de fantasear. Y cada vez que le llaman loca, ella sonríe. Otra arruga.

Nunca supe a qué se dedicaba. Sé que viaja mucho, por todo el mundo, que ha corrido las mil aventuras que me hace revivir en cada uno de nuestros encuentros. Sé que puede que sean falsas, o eso dice su familia, pero el caso es que ni sus parientes más cercanos saben de qué vive. De la pensión de su marido, quizás. Ese marido que murió en circunstancias extrañas, a partir de las cuales ella fue libre. Esa es la única parte de su vida de la que Piedad nunca me ha hablado, y yo nunca he preguntado.

A partir de ahí fue cuando empezó a viajar. Algunos dicen que sería más correcto decir que huía, pero ella tiene claro que huir de los fantasmas es imposible; siempre vuelven a buscarte. Y cada vez que vuelven, ella suma arrugas.

En su camino se encontró con monstruos errantes, con vampiros que chupaban lo poco que tenía y con zombis ansiosos de robarle la clave de su felicidad. A todos los derrotaba con una sonrisa. Porque ella nunca se apartó de su camino, sino que seguía avanzando como los elefantes: paso firme, mirada erguida al frente. Pequeños pasos, tan pequeños como ella misma, que llevan a grandes metas.

La conocí hace unos veinte años y ya era vieja, pero nunca me dijo su edad. No es un dato necesario ni relevante. Desde entonces vengo a verla todos los días y la echo de menos cuando no está, algunos dicen que estoy loca como ella y otros que no saben por qué la aguanto. Quizás es que no tengo nada más que hacer.

O quizás que cada experiencia y cada arruga me hacen más vieja, más sabia y más yo, como les pasa a los elefantes.

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