Reto 52 semanas, 52 relatos #34: Solo yo


Mensaje para los chicos de El Libro del Escritor: está muy muy feo aprovechar el reto para sonsacarle su edad a una bella dama como yo.

34. Escribe un relato sobre un personaje con tu edad actual en su cumpleaños.

Pero, como yo soy una mandada, ahí os regalo mi relato y os revelo mi edad. Y algo más de mí que tal vez no supiérais.

38. menuda mierda de número.

38 no son ni siquiera cuarenta. Es un “casi” que duele, que te arrastra, que pesa. Es una intención y nada más. Demasiado mayor para ser joven y demasiado joven para ser mayor. Una edad en la que ya nada ni nadie te puede sorprender, en la que ya no eres capaz de hacer “lo de antes”, pero aun así, todavía no puedes considerarte viejo. No del todo. Pues menuda suerte.

Ahí estaba yo, Pelayo García, sentado en mi silla del despacho, esperando que ese día pasara rápido. Ya van tantos cumpleaños iguales (al final, solo cambia el número) que ni siquiera esperaba una fiesta sorpresa:

Mamá me llama siempre la primera, puntual como un reloj, a las ocho. Le doy las gracias por acordarse de mí y le cuelgo, que tengo que ir a trabajar.

Llevo cruasanes a la oficina. Mis compañeros se los ventilan en 5 minutos, algunos ni siquiera preguntan quién los ha traído. Menos mal, es un fastidio tener que responder a tantas felicitaciones obligadas con besos falsos.

Todos hacen las mismas bromas: “¿Cuándo vas a sentar la cabeza?” y a todos les respondo que mi cabeza está muy bien donde está, gracias. También hace años que mecanicé la respuesta a: “¡Cada día estás más viejo!”, “Felicidades por tus 18” y cosas por el estilo.

38 notificaciones de facebook. 38 mensajes de 38 “amigos” en mi muro que ya ni me molesto en contestar, solo doy a “me gusta” en cada uno de ellos y actualizo mi estado para que sepan que les estoy agradecido. Es mentira, pero sus deseos también lo son, así que qué más da.

Trabajo. Como. Juego al futbolín con mis amigos de la oficina. Vuelvo a trabajar. A la salida me toca invitar a las cañas, hablan pero no les escucho.

Whatsapps de todos esos familiares y amigos que pretenden felicitarme de manera personal pero me envían las mismas imágenes de todos los años y ni siquiera se molestan en llamar. Mejor, no quiero oír sus voces de compasión.

Llego a casa. Sí, estoy borracho, pero hoy me lo he merecido.

Sí, tanta gente y al final estaba solo. Como todos los años.

¿Solo?

Al llegar a casa, no me lo podía creer. Alguien se había tomado la molestia de convertir mi piso de soltero en la casa de mis sueños: un proyector en el salón con un equipo de audio y vídeo profesional, televisores de alta gama hasta en el baño, un lavavajillas con wifi (¡justo lo que necesitaba!) y en la habitación una cama de agua redonda con un espejo en el techo. Una barbacoa que casi ocupaba toda la terraza, y la nevera llena de comida japonesa y cervezas de todos los países del mundo.

“Este es mi regalo, disfrútalo.”

Me pellizqué para ver si estaba más borracho de lo que pensaba. Pero era mi letra y mi firma, y solo yo sabía lo de las sales de baño con olor a lavanda.

Cada vez que recuerdo mi cara al ver la nota me emociono. No recuerdo haber sido tan feliz en mi vida. Feliz por los regalos y, sobre todo, por saber que lo había conseguido.

Por aquel entonces yo aún era joven, aunque no lo supiera. Cuando hablaba con mis compañeros y les contaba que algún día sería posible, todos me tomaban por loco y me dejaban de lado. Estar loco es lo que tiene, que al final uno se queda solo. A pesar de las mujeres que vienen y van, atraídas por ese espejo que tanto juego me dio.

Solo. Solo desarrollé mi proyecto, y solo he seguido viajando por mis recuerdos. Me gustaría poder decir que quiero cambiar todos mis pasados, ser una persona alegre y social, pero estaría mintiendo. Me gusta estar solo y me gusta compartir conmigo mi soledad y mi secreto.

Esa fue la única vez que fui capaz de interactuar en mis viajes en el tiempo, el resto de mis viajes solo conseguí ser un mero testigo de mi propia vida: viajes, chicas, trabajo, ocio, borracheras, arrepentimientos y cumpleaños en serie.

Ahora que voy a cumplir setenta, todos esos sueños de entonces ya no los necesito. Mi yo-de-casicuarenta se los merecía más, sin duda. A mí me basta con verle feliz de aquí en adelante.

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