Reto 52 semanas, 52 relatos #36: Sin tiempo de decir adiós


Este reto de El Libro del Escritor parecía bastante difícil para un solo post:

36. Escribe un relato sobre un trayecto o travesía. Céntrate en los cambios de escenarios.

El origen del relato es esa tradición alemana de decorar el árbol

Miro por la ventana y solo veo mi soledad reflejada en el cristal.

Cuando entré, creí que solo la muerte podría ser peor que esa cárcel: las paredes grises, la humedad, los cuerpos hacinados, cadáveres en vida que se mueven al ritmo de las sirenas y arrastran sus cadenas. Y todo por un crimen que no cometí.

Los tres meses en el infierno me han hecho valorar todavía más mi vida fuera. Tanto que solo esperaba que llegara ese día en el que pudiera salir. Qué tonto he sido.

Esta mañana por fin han venido a buscarme. Por lo visto, ese abogado no fue capaz de demostrar que yo no las maté, y en este país la justicia es rápida con los asesinos, sobre todo si no tienen recursos: A nadie le interesa la vida de quien no puede pagarla.

El cielo es el mismo que cuando entré en la prisión, solo que a mí se me antoja más gris.

Sin mediar palabra, me han puesto las esposas y me han metido a empujones en el camión. Un camión blindado, en la parte de atrás dos agentes me custodian, las pistolas y las porras me miran amenazantes desde los bolsillos.

No sé dónde estoy, conozco poco el país y apenas entiendo las palabras del abogado que me asignaron. Sé que hemos cruzado una zona de selva, el conductor me ha mirado a mí de reojo cuando los soldados nos han parado, ellos le han sonreído y nos han dejado pasar.

Y de pronto, el paisaje cambia. De la selva al desierto en tres segundos, aquí hace mucho calor o al menos a mí me lo parece. Mi vista no alcanza a ver más que el cielo y una manta de color ocre sin árboles, sin casas, sin vida. Juraría que ahí afuera no hay ni aire que respirar. Los guardias hablan, se ríen, me miran, es lo único que me demuestra que sigo aquí.

A lo lejos empiezo a vislumbrar algo. Es como un enorme fuerte con dos atalayas, y nos estamos acercando. Tengo miedo, esto no puede ser bueno.

Me sacan a patadas del coche, me tiran al suelo y me hacen rodar. Les parece gracioso transportarme a patadas, como niños jugando con una lata.

Cuando la madera se abre, me ponen de pie y no se molestan ni en sacudirme el polvo. El conductor se ha quedado en el coche, los otros tres me sujetan fuerte para que no me escape. Como si me fuera a ir a alguna parte.

Alguien les pide la documentación. A mi la mía me la quitaron, pero no parece que la vaya a necesitar.

El pasillo es largo, estrecho y oscuro, y está vacío. Solo se oyen nuestros pasos y mi respiración acelerada. Al frente, la silla.

No hay última cena, no hay preguntas ni deseos. El juicio, si es que de verdad fue un juicio, ya no es más que una ilusión.

Me cogen, me sientan, me sujetan y me atan las correas. Así se hacen las cosas en este país. Sin tiempo de decir adiós.

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