Reto 52 semanas, 52 relatos #39: El colchón


Un toque de surrealismo para reto de El Libro del Escritor:

39. Escribe un relato en el cual dos personas totalmente opuestas se conozcan de forma poco corriente.

Bueno, se me ocurrían mil y una historias, y como siempre elegí la opción más absurda. Porque la vida es un continuo estado de cambio.

Ahí estaba yo. Feliz, siempre feliz. Iba a ser un día soleado, o al menos eso habían dicho en el telediario de las seis.

El camión no quiso arrancar, así que no tuve más remedio que sacar el colchón sin ayuda (a esas horas por lo visto todo el mundo sigue durmiendo) y colocarlo en la baca de mi minifurgo. Lo até bien fuerte, con cuidado, mientras silbaba. Lo siento por el vecino que me insultó por la ventana, pero es que silbar me ayuda a concentrarme.

Solo me retrasé tres minutos y la carretera ya estaba atascada, llenita de gente estresada de la vida. En fin, allá ellos, pensé mientras seguía el hilo de mis silbidos.

Aun así, todavía conseguí llegar poco antes de las ocho. Bien por mí. Aparqué la furgo y llamé a la puerta. Primero B. Me aparté el tiempo justo para no ver nada. Solo oí el golpe de la casualidad y el cuerpo desplomado.

Me volví y ahí estaba, todavía respirando. Tenía la cara triste, pero al menos seguía teniendo una cara bonita.

—¿Qué haces?— pregunté mientras le ayudaba a bajar al suelo.

—¿Es… toy?

—Estás.

—¡Mierda!

—¿Mierda?

—Lo peor que te puede pasar en esta vida es no ser capaz ni de suicidarte. No se puede tener más mala suerte.

Unos 20 años, toda una vida por delante. Viviendo en un piso de lujo, con una familia que te quiere. No tener que levantarte a las 8 de la mañana si no es para suicidarte. Menuda mala suerte.

Quise invitarle a un café pero se negó. Le expliqué que la vida mola, aunque mi vida, bien pensado, sí que era una mierda.

Sonrió, menudo consuelo. Se volvió a su casa a seguir soñando con su mundo de caramelo y sin darme ni las gracias.

Alguien gritó desde el interfono del primero B. Había salido al balcón y había visto que su colchón nuevo había sido utilizado. Como ya no era nuevo, ya no lo quería. Ya podía ir devolviéndolo al almacén antes de que me pusiera una reclamación, y ojito que que no se me ocurriera ni cobrarle el transporte.

Pues si lo sé no le salvo.

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