Reto 52 semanas, 52 relatos #41: la razón de la fuerza


Parece que fue ayer cuando publiqué el reto de El Libro del Escritor, ¡y ya solo quedan once relatos!

41. Escribe un relato sobre un personaje que tenga mucha fuerza de voluntad.

Fuerza de voluntad. ¿Qué es eso exactamente? Todos los días me digo a mí misma que ojalá supiera dónde encontrarla. Supongo que eso será porque, como dice mi enfermera y el relato que estáis a punto de leer, la fuerza de voluntad hay que alimentarla con una razón.

Todos los días se levantaba a las seis para entrenar, lloviera o hiciera sol. Siete series de abdominales, otras tantas de flexiones y diez minutos de bici como mínimo. Después, una ducha y al trabajo. Ese por el que le pagaban entre semana, o aquel por el que él mismo se recompensaba los sábados y los domingos. Le había costado entenderlo, pero valía la pena.

Cuando salía, él era el que conducía a los demás de vuelta a casa. No bebía. Ya no. Bailaba hasta el amanecer, ligaba, escuchaba y siempre sonreía.

Comía sano, equilibrado, variado y siempre a las mismas horas. No picoteaba nunca. Si salía a tomar el aperitivo, miraba a sus amigos de reojo pero no pecaba jamás, ni una sola patata brava.

Nadie sabía cómo alguien podía llevar una vida así, tan perfecta, tan aparentemente cuadrada. Pero la realidad… la realidad a veces es un agujerito en el lienzo del mundo.

La envidia se disfrazaba de compasión. Cada uno tiene derecho a hacer lo que quiera con su vida y con su cuerpo, decían. Pero la verdad era que ellos mismos no eran capaces de escoger, sus cuerpos lo hacían por ellos. Unos cuerpos gastados por el humo y el alcohol, consumidos ante el televisor. Él les miraba de reojo, sin saber si sentir él mismo compasión o llorar, pero nunca les echaba el sermón ni les contaba lo suyo. Podría haberlo hecho, pero sabía que la gente no escucha, que le dirían “a mí eso no me va a pasar”. Cuántas veces, antes de tocar fondo, él mismo le había dicho esa frase a otros.

Es que de nada sirve la intención si no tienes una razón, pero encontrar esa razón oculta tras tu debilidad y tus excusas es probablemente lo más difícil.

Ese día, después de su entrenamiento matutino, fue a la cocina, se quedó mirando el techo blanco y mordió una zanahoria. “La gente normal no sabe lo ricas que están las zanahorias cuando aprendes a no disfrazar su sabor. La gente normal es cobarde. La gente normal no está dispuesta a renunciar…”

No pudo terminar la frase. Se dio cuenta de que era él quien había renunciado a todo menos a sí mismo, y de pronto se sintió débil por un momento. Pero luego se acordó de su pasado, de todo y de todos los que quedaron tan atrás, que ya solo eran manchas sin expresión en sus viejas fotos.

Miró la botella que llevaba seis meses, tres días, dos horas y siete minutos desafiándole desde la vitrina y la estampó contra el suelo. Ya no le hacía falta recordar.

 

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