Reto 52 semanas, 52 relatos #42: El cazador de sombras


Estaba yo en la playa de vacaciones y me puse a pensar en el reto de El Libro del Escritor, y es que mi mente no descansa nunca. Para esta entrega, me enfrentaba a algo como esto:

42. Escribe una historia acerca de un personaje que perdió algo importante.

Y bueno, intenté imaginar la cosa más absurda de entre las cosas que uno puede perder. Tan absurda como infravalorada e importante. Para mí sería una gran pérdida, desde luego.

Un día de mucho calor me senté en un banco a descansar y beber un poco de agua. Estaba sudando como nunca, y me pareció raro que la gente a mi alrededor no se viera tan agobiada como yo. Cuando conseguí reponerme un poco, reanudé mi paseo y noté que algo me faltaba. Me sentía pesado y sin equilibrio. De pronto reparé en ello: No estaba. Se había ido. Había desaparecido. Había perdido mi sombra.

Sí, al principio también a mí me extrañó. La sombra de uno mismo es la única cosa que siempre te acompaña. Uno no puede perderla así como así. Pero estuve varios días mirando hacia atrás y nada, se había desvanecido. Y cuanto más la buscaba, más la echaba de menos, aunque antes ella nunca me había importado. Ni siquiera sabía dónde ni cuándo la había perdido…

Tenía que hacer algo, y todas las ideas que se me ocurrían se me antojaban absurdas. Pero a riesgo de parecer un chiflado, lo menos que podía hacer por ella era poner un cartel:

PERDIDA SOMBRA. ES… (¿qué pinta tiene una sombra? ¿cómo distinguir la mía del resto?)”

Hice un burruño con el papel y lo volví a intentar. Algo más escueto:

PERDIDA SOMBRA. SI LA ENCUENTRAS, LLÁMAME. SE GRATIFICARÁ”

Y debajo puse la única foto que conseguí encontrar en la que se veía mi sombra, o mejor dicho un trozo de ella. Solo con mirarla, me entraba la nostalgia.

Mucha gente llamó diciendo que la habían visto, y otros me pararon por la calle contentos de que la hubiera encontrado. A todos tuve que explicarles que mi perra se llama Cuqui, que lo que había perdido era esa cosa que todos tenemos detrás. Todos menos yo.

Cuando veían que era cierto, las personas huían de mí. Un hombre sin sombra da miedo. Aunque hasta dos segundos antes ese mismo hombre les pareciera una persona normal.

Y así llegué a convertirme en lo que soy hoy. Un loco con un destino. A falta de la mía propia, colecciono sombras en mi sótano.

Por las noches, cuando nadie me ve, me apropio de las sombras de los demás. Nunca había pensado que fuera algo tan fácil de hacer, simplemente me coloco detrás de mis víctimas y ellas me siguen. No hay dolor, a mí tampoco me dolió. Sus dueños probablemente tarden semanas o siglos en darse cuenta.

Cada mañana elijo una distinta para ponérmela. Cuantas más tengo, más necesito. Nadie se ha dado cuenta de las desapariciones ni de lo que está pasando. Solo yo sé que no es lo mismo. Porque yo tampoco soy el mismo desde que ella se fue.

Sombra, si me estás leyendo, ¡vuelve conmigo!

 

 

 

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