Reto 52 semanas, 52 relatos #44: Entrega a tiempo


Esta entrega del reto de El Libro del Escritor es una historia casi real como la vida misma:

44. Comienza un relato con: “No te volveré a fallar, te lo juro”.

He tardado en publicar el relato porque se me ocurrían mil y una historias diferentes, y según las iba escribiendo las iba borrando o tirando a la basura (de vez en cuando escribo sobre el papel). Hasta que descubrí el verdadero sentido de este reto y quién era la que me había fallado y el relato salió solo.

No te volveré a fallar, te lo juro”.

No, no te vayas. Yo…

Y así, sin más, la dama invisible vuelve a desaparecer antes de que me dé tiempo a decirle que no habrá próxima vez. Que en realidad no la necesito. Que no me volverá a pillar desprevenida.

Así pues, esta noche no dormiré. Mario lo sabe y se resigna, va a la cocina como un autómata, prepara café me trae una taza cargada con un beso y vuelve a la cama. Espero que sueñe conmigo, él que puede.

Primer sorbo ante la temible hoja en blanco. Mañana tengo que entregar esa historia que aún no he escrito. O, mejor dicho, que tantas veces he escrito y borrado. Va a ser una noche muy dura.

Sí, por supuesto me dieron un plazo más que generoso y podría haberlo cumplido sin problemas. Podría en un mundo sin facebook, sin ventanas al mundo y sin esa sobresaturación de información que sobresatura mi imaginación. Porque siempre se me olvida que en el momento crítico ella desaparece. Lo hace siempre. Y ahora me siento delante del ordenador, las manos en la cabeza, mientras veo cómo palabras sin sentido llueven en la pantalla. Esto no tiene arreglo, la necesito. Pero no tengo claro si ella me ha fallado a mí o yo a ella.

No puedo pedirle perdón para que vuelva. No estoy tan loca; además, se ha ido porque ha querido; además, hablar con las sombras no funciona, nunca te responden. Tendré que apañármelas sola esta vez.

Beber. Fumar. Escribir. Borrar. El café no fun… dormir. Dormir. Soñar.

Creo que sigo soñando. Ante mí tengo la historia más alucinante que haya escrito nunca. Impresionante, de verdad. Más de treinta mil palabras, cuanto más la leo más me gusta. Un final perfecto. Cuando voy a enviarlas a mi editor, me doy cuenta de que ya lo debo de haber hecho antes, porque hay un email suyo diciendo que le parece de lo mejor que ha leído en años.

Miro el reloj. Son las doce y pico. Mi texto está enviado a las nueve en punto. Voy al baño, me mojo la cara y sé que definitivamente esto no es un sueño.

Mario sigue durmiendo. Le doy un beso antes de meterme en la cama y él me abraza.

Siento un escalofrío. “Yo nunca te fallaré”. Ahora lo entiendo. Él nunca me fallará, no como otras, pero no sé si me gusta esa idea. Porque lo que ha escrito en mi nombre es mil veces mejor que lo que yo misma hubiera escrito. Una sensación a medio camino entre los remordimientos, la culpa, la rabia y la envidia me invade, así que le dejo dormir, vuelvo al ordenador, concibo el relato que debí haber concebido desde un principio y lo mando con mil disculpas a mi editor. Mi musa ha vuelto.

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