Reto 52 semanas, 52 relatos #46: M. Sánchez


Un reto de El Libro del Escritor un tanto raro…

46. Escribe una historia que tenga lugar en un taller mecánico.

Con lo poquito que me gustan a mí los coches y lo poco que los entiendo, igual este relato resulta un poco absurdo y/o inverosímil. En cualquier caso, una historia surrealista donde las haya.

No soy una heroína ni una persona rara. Soy mujer y no me gustan otras mujeres, pero sí me apasionan los coches.

No, no soy la secretaria, el coche se lo arreglo yo.”

No, la M de Talleres M. Sánchez no significa «Manolo», significa «Milena».”

No, no me encargo de limpiar, me encargo de arreglar”.

Sí, estoy sucia de grasa y no me importa porque esto es un taller. Es lo que hay.”

Sí, trabajo con el mismo mono que se pondría cualquier hombre.”

Sí, entiendo de esto.”

Sí, yo soy la encargada.”

Da igual que lleve años en el barrio, las bromas siempre son las mismas, igual que la gente. Pero aquel día un despampanante Aston Martin se paró delante de la puerta de mi taller. Nada que ver con los Seat Panda a los que estoy acostumbrada, ni con los Ford Fiesta de treinta años a los que tantas veces he alargado la vida.

El capó echaba humo literalmente. De él se bajó un hombre.

-Buenos días, ayúdeme, por favor.- me dijo, mirándome a la cara y sin reprocharme que fuera mujer.

-Por supuesto. Déjeme echar un vistazo.

En cuanto lo abrí vi que aquello estaba hecho un desastre. Le dije al hombre que me iba a costar más de una semana arreglar aquello y que, además, no iba a ser barato, puesto que las piezas no son fáciles de encontrar. Él me sonrió y me dijo que no importaba, que por su coche lo que hiciera falta. Sin esperar el presupuesto, dejó el coche, me dijo que ya se pasaría y se fue caminando por donde había venido. Ni siquiera dejó su nombre ni su teléfono.

En otras circunstancias hubiera dejado el coche tal cual y habría llamado a la grúa para que viniera a por él, pero era mi primer Aston Martin y me hacía ilusión, así que decidí al menos echar un vistazo.

Llamé al fabricante, y después de pedirle al operador una bujía y dejarle claro que yo sí sabía lo que era, me contestó con muy malas maneras que en España sería difícil encontrarla para ese modelo, que llamara directamente a la sede en Reino Unido.

Yo entiendo de bujías pero inglés lo justo, así que tuve que tirar de contactos y desguaces e improvisar un poco.

Pasé dos semanas dedicada por entero al coche, sin conseguir arreglarlo y sin que su dueño diera señales de vida. Hasta que de pronto me di cuenta de que el coche tenía un compartimento secreto. Lo abrí con cuidado y dentro encontré una gran cantidad de droga. No sabría decir de qué tipo, pero era droga.

El caso es que la mercancía oculta se había desparramado y, Dios sabe cómo, había llegado al motor. Una vez que sabía lo que había pasado, pude arreglar el coche con las piezas que había ido encontrando. Lo limpié (limpieza habitual y limpieza extra, en este caso) y, ya que el dueño no daba señales de vida, me dije a mí misma que por qué no hacer por una vez lo menos correcto. Así que en vez de a la Policía llamé a mis tres mejores amigas y con el coche pasamos la mejor noche de nuestras vidas. Ellas se quedaron boquiabiertas al ver ese pedazo de coche, pero para mi sorpresa no era la primera vez que se metían toda esa coca. Para mí sí.

Volví a casa de madrugada, bastante colocada. Era una sensación extraña, como si… como si flotara dentro de un sueño del que ni podía ni quería despertarme.

Cuando abrí el taller por la mañana, el dueño me estaba esperando en la puerta. No preguntó por la carga, me pagó lo que le dije y se llevó el coche tal cual.

Tal cual. No tan limpio como lo había dejado por la tarde y sin droga dentro. Pero con una pasajera de más.

Cuando se fue recordé entre una espesa niebla la imagen de Salma dormida en el coche, y a mí misma demasiado cansada como para despertarla colocándole una manta por encima. Por la mañana, el coche seguía cerrado, tal como lo dejé.

El hombre vino y se fue tan deprisa que tampoco se dio cuenta del detalle.

El coche apareció en todos los telediarios del día siguiente, con el capó echando humo de nuevo y el hombre muerto dentro. Al parecer, según los testigos, una mujer desconocida huyó del lugar tras estrellar el coche y dispararle con su propia arma. Qué pena de coche.

Salma se esfumó y nadie preguntó por ella. Ni siquiera Diana ni Rosa.

La droga que quedaba, después de darme un homenaje en su honor, la tiré por el retrete. Me hacía sentir culpable y me daba miedo que volvieran a buscarla.

De pronto, las típicas preguntas sobre mi feminidad ya no me incomodan; al contrario, son una señal de que todo vuelve a ser como siempre. Al menos, en este barrio. Al menos, a pesar de Salma.

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