Reto 52 semanas, 52 relatos #47: Secreto nocturno


Apurando el mes de diciembre con reto de El Libro del Escritor, y ya hemos llegado, casi sin darnos cuenta, al relato número

47. Elige una letra del alfabeto. Encuentra 5 elementos de tu habitación que comiencen por esa letra y escribe un relato sobre alguien que intenta escapar usándolos, al más puro estilo MacGyver.

Vale, la primera letra con la que se me ocurrieron 5 cosas de mi habitación fue la B. Y no es que tenga una mente calenturienta, lo que tengo es…

1. una Barra de pole, más comúnmente conocida como barra de striptease.

2. un montón de Braguitas (qué palabra más fea para una prenda tan bonita)

3. una Bata para estar calentita

4. una Bandeja con la que nunca me traen el desayuno a la cama

y 5. unos cuantos pares de Botas.

Con todo este material, la historia que he creado nos lleva a un exótico local como punto de partida.

Bailar, seducir, quitarnos la ropa, servir copas y, de vez en cuando y si nos apetece, una sesión privada, ese es el trabajo que se ve por fuera. Y sí, me gusta.

La gente nos ve como esclavas, y eso no es así. No, al menos, en nuestro caso.

Nuestro local lo llevamos nosotros. Tres hombres y cuatro mujeres. Trabajamos duro, todos por igual, para sacarlo adelante. Desde las cuentas hasta la atención a los clientes… y clientas, porque nuestro show y nuestras copas también son para ellas. Para nosotras.

Cuando el local cierra, tenemos que quedarnos a recoger, y eso puede implicar que la jornada no termina hasta que el día despunta. Una vez que te vistes, sobre todo en invierno, preferirías quedarte allí casi desnuda antes que salir a la calle con ese frío que no se quita ni con mil millones de abrigos.

Aquel día era uno de esos. Mis compañeros y yo nos abrigamos bien y abrimos la puerta para salir. con sorpresa y horror nos dimos cuenta de que iba a ser un poco difícil porque casi dos metros de nieve estaban bloqueando la entrada.

A María le entró pánico. Tenía mucho por hacer ese día de principios de diciembre, como el resto del equipo: compras navideñas, llevar a los niños al cole, estar con la familia, ese otro trabajo que te sirve para pagar todas esas cosas…

-Atrapados, estamos atrapados. Y no creo que venga nadie a por nosotros.

La nieve repentina en una ciudad donde nunca nieva a unas horas en las que todo el mundo duerme no sale ni siquiera en las cadenas de noticias, donde la última hora es lo que ha sucedido antes de anochecer. Menos mal que todavía quedaban un par de horas para que la gente saliera a trabajar. La gente normal, claro.

En situaciones de emergencia, mantén la calma.” Es lo único que mi padre nos supo enseñar.

Miguel, Suso y Florián se miraron, su trabajo como hombres era sacarnos de allí. Pero no sabían cómo.

-Venga, no os quedéis ahí parados. Ayudadme a desmontar esto.- entre los cuatro, sacamos la barra en la que suele bailar Rocío, la más joven de todos nosotros.

La pusimos junto a la puerta abierta y ella hizo lo que mejor se le da: trepar por ella para colarse por el pequeño hueco que la nieve había dejado, por el que solo cabía ella, e ir a pedir ayuda montada en un trineo que improvisamos atando cuatro bandejas con nuestras braguitas. A ella le pareció hasta divertido.

De pronto, la perdimos entre un inmenso fondo blanco de cielo y nieve a pesar de ser noche cerrada. Al cabo de un rato, volvió para contarnos que era imposible encontrar ayuda, que con la que estaba cayendo y las horas que eran no había ni un alma por la calle. Todavía menos que de costumbre.

Había que hacer un túnel. Empezamos a utilizar nuestras botas como palas, pero según avanzábamos se nos congelaban hasta las ideas.

Tuve que improvisar. En el vestuario encontré una de esas batas viejas que ya casi no usamos y se me ocurrió atarla a otra de las barras, prenderle fuego y atravesar la nieve con ella. Tres batas y cuatro mecheros después, la nieve se había ido convirtiendo en agua y nos encontramos a en plena calle, mirándonos unos a otros y sin saber muy bien qué hacer. Así que hicimos por una vez lo que nunca podemos hacer: nos tumbamos sobre la nieve y vimos cómo el amanecer limpiaba las calles y un sol demasiado caliente casi les devolvía su aspecto habitual.

La gente iba saliendo de sus casas cuando ya todo había dejado de ser un sueño: apenas quedaban unos centímetros de nieve, y la tormenta era algo ya lejano. Pero cuando nosotros miramos hacia atrás y vimos las bandejas atadas con braguitas, nos sonreímos y decidimos guardarle a la noche su secreto. Bien mirado, eso es lo que hacemos todas las noches.

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