Reto 52 semanas, 52 relatos #49: El día más feliz


Hoy vuelvo a sacar mi yo más políticamente incorrecto para el reto de El Libro del Escritor:

49. Escribe un relato sobre una novia que tiene dudas antes de su boda. Describe la tarta y los invitados.

Como no había leído bien las instrucciones he tenido que cambiar un poco el relato a última hora para que tenga un final “feliz”. O sea, que al final se casan.

El día más feliz de mi vida”. Aquí me ves, a mis casi 40 años vestida de princesita al borde de un altar ante un Dios en el que nunca he creído.

Elegí casarme conscientemente porque mi madre no quería irse de este mundo sin ver a su hija felizmente casada. También porque estaba harta, o más que harta, de las típicas preguntas con sonrisita incluida, del “¿A ti cuándo te toca?” y de los banquetes de los demás donde siempre el ramo iba a parar a mis solteras manos.

Avanzo a paso lento igual que he visto hacer a todas mis primas, hermanas, a mi cuñada y a mis mejores amigas. Todas esas que ahora o bien están divorciadas o bien maldicen en silencio el día más feliz de su vida mientras me envidian por ser el centro de todas las miradas. Las que todavía conservan ese tesoro llamado marido lo tienen bebiendo en el bar de enfrente.

Mamá está feliz. Papá está feliz. O eso parece. Eso es lo que importa.

Esto parece una competición de elegancia. Peinados de peluquería, ropa de satén sin ninguna arruga, tacones imposibles y corbatas para salir bien en las fotos. Más de doscientas personas que quieren compartir este día con nosotros. Este día y, por supuesto, los ríos de alcohol y las montañas de comida que conlleva.

Un último paso por el camino de pétalos de rosa me lleva hasta Jose. Le quiero un montón. Y él a mí, de eso estoy segura.

El cura habla pero no le oigo. No hace falta, siempre dicen las mismas palabras; hablan de la verdadera Fe, el verdadero Amor y blablabla.

Me toca. Le miro. Miro a mi madre y digo, alto y claro, que no. Ahora mismo no quiero. Quiero estar sola. Y salgo corriendo.

La limusina me lleva directa al restaurante, el chófer no hace preguntas. Una vez allí, todos me felicitan aunque por dentro les parezca raro que la novia sea justo la primera en llegar y eso tire por tierra el protocolo.

El coordinador me pide amablemente que me espere porque todavía no están preparados para recibirme precisamente a mí. Los pasteleros están terminando de decorar esa tarta que se supone que no debería ver. Tarde.

Nata, una capa de limón y otra de chocolate con fresas naturales por encima. Sin que el jefe pueda impedirlo, pido a los pasteleros cuatro cucharas y le doy una a cada uno. Al principio parece que no supieran qué hacer con ellas, pero cuando yo hinco la mía directamente en la tarta y me la como ellos me siguen, haciendo caso omiso de la amenaza de despido.

Con el banquete hago exactamente lo mismo. Me desabrocho el corsé, me descalzo y me siento con los camareros. Hoy les toca a ellos comer bien, ellos se lo merecen más que toda mi gente.

Mientras tanto, ahí afuera, sé que me están buscando pero no me importa. Hoy es el día más feliz de mi vida y lo celebro como me da la gana.

Después de un rato, llega mi prometido con todos los invitados. El coordinador debe haberle llamado. Huele como si en la hora en la que he estado ausente hubiera aprovechado para quitarle a mi hermana el vestido de gala en el baño de alguna gasolinera, y la mirada de ella va en la misma dirección. Bueno, él también tiene derecho a celebrar este día como quiera.

Somos libres. Una ola de maquillajes corridos y pelos despeinados lo confirma. Yo no necesito un cura ni una ceremonia que lo autorice. No quiero un matrimonio “perfecto” como los demás, así que le miro a la cara, sonrío y le digo en voz baja: “Sí, quiero”.

Él contesta algo que solo yo oigo, hace como que se quita el carmín de los labios y nos vamos cogidos de la mano hacia nuestro propio futuro, dejando atrás los protocolos, las envidias y los restos del banquete.

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