Reto 52 semanas, 52 relatos #50: Regalos y mentiras


El antepenúltimo reto de  El Libro del Escritor es un poquito raro…

50. Escribe un relato sobre una fiesta, un grito y una mentira que cada vez crece más.

Mi imaginación anda un poco a tientas, así que de nuevo os traigo algo un pelín surrealista.

Cuarenta años no los cumple una todos los días, así que mis amigas decidieron hacerme la fiesta más increíble de toda mi vida. Sin chicos, por supuesto, que en los últimos años para muchas de nosotras renunciar a ellos era algo de lo más difícil.

Hacía mucho tiempo que no me reía tanto, y es que no recordaba la útlima vez en la que fui capaz de ser yo misma y pasé a ser una princesa encerrada en su castillo de familia perfecta y amor.

Habían reservado una planta entera de un hotel. El pasillo lo habían decorado con flores de muchos colores, alcohol en las puertas de todas las habitaciones, música… pero dejaron lo mejor para el final: el regalo.

No pude dejar escapar un grito cuando lo vi, era la cosa más horrible que haya visto en mi vida. Una especie de trikini rojo con borlas y flecos colgando, algo pretendidamente sexy pero que no llegaba ni a indumentaria de prostituta barata. Todas me miraban como esperando que saltara de alegría, pero era tan, pero tan feo que me daba vergüenza decirles que no me gustaba, así que les dije que me encantaba pero ya si eso me lo probaría en la intimidad.

Por la mañana me levanté resacosa después de varias pesadillas con esa cosa. A las 11, sobresaltada, descubrí que seguía allí (alguien debió ponerlo a mi lado en la cama, yo no lo recuerdo).

Desayunamos juntas y antes de volver a nuestras vidas me hicieron prometer que les contaría si había funcionado “con mi marido”. Por supuesto, igual es que el regalo al final no era para mí.

Cuando llegué a casa lo escondí. A mi marido no le dije nada, sino que esperé a estar sola para hacerme una foto con eso puesto y enviársela por Whatsapp a Daniela, que no tardó en contestar con un: “Estás para comerte, nena”.

Después lo metí en una bolsa y lo tiré al contenedor así, sin más. Fin de la historia.

Esa noche me acosté pronto, que una ya tiene una edad y las fiestas no se aguantan tan bien como antes. Me despertaron unos golpes en la espalda, miré el reloj y eran como las 4.

Anda, Sergio, déjame, que no estoy de humor.

Dime quién es Dani.

¿Quién es… qué?

Dani. Quién es y por qué le envías estas fotos.contestó, blandiendo mi móvil.

Lo suyo sería haberle contado la verdad, pero en ese momento estaba tan rabiosa de que me hubiera cotilleado los mensajes que respondí:

Daniel. Metro noventa. Morenito. Más grande y mucho mejor que tú… en muchos aspectos.

¿Te estás acostando con otro?

¿Te importa? respondí yo, girándome y dando por zanjada la conversación.

Estuve toda la noche dándole vueltas, e imagino que él también. Por la mañana se levantó sereno, me dio un beso y me dijo:

Perdona, sé que no estuvo bien mirarte el móvil, pero es que… al parecer tenía motivos para…

Déjalo, no importa. mentí.

Bien mirado, se lo merecía. Hice como que aceptaba sus disculpas y empecé a trazar un plan que en mi cabeza sonaba hasta divertido.

Llamé a la agencia de modelos con la que trabaja mi empresa, busqué al más moreno de todos y le propuse un trabajito especial. El chico debía estar acostumbrado a esa tipo de ofertas, me dijo que lo haría sin problema por el doble de lo que le pedía y que no se me ocurriera tocarle más de lo necesario. Me pareció bien.

Llamé a Carmen y le pregunté dónde había comprado el trikini, que me había parecido tan bonito que iba a regalarle otro igual a mi hermana. La cosa esa resultó ser una prenda exclusiva que costaba trescientos euros, pero eso ya no me importaba.

La habitación del mismo hotel en el que había estado con mis amigas costó otros trescientos. Esperé al chico enfundada en el trikini, se quitó la camisa y empezamos con la sesión de fotos. Le pagué, se volvió a su casa y yo me quedé allí mientras creaba un perfil de facebook falso con su cara, al que subí esas fotos y algunas más que retoqué, etiquetándome convenientemente.

Mis amigas reaccionaron de manera diversa a las fotos. Sergio, por su parte, amenazó al falso amante de todas las maneras posibles. Yo me hice la avergonzada, como si no supiera quién había hecho las fotos ni por qué las había subido.

No sé cómo se enteró de su nombre real o si fue casualidad que me enterara al día siguiente en el trabajo de que uno de los chicos de la agencia de modelos había muerto de sobredosis en una habitación de ese hotel.

La noche siguiente me puse el trikini por última vez. Mentí a mi marido con la mirada y él me mintió a mí con la suya. Después escondí la prenda, que todavía olía a él, en el rincón más oculto de mi armario y de mi vida y el mundo y sus mentiras siguieron girando para siempre.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Entretenimiento, General, Reto ELdE. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Reto 52 semanas, 52 relatos #50: Regalos y mentiras

  1. Pingback: 52 semanas, 52 retos | El boli rojo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s