Reto 52 semanas, 52 relatos #51: No me llames Príncipe


Queda solo un paso para terminar, y este reto de  El Libro del Escritor he de confesar  que me encanta:

51. Reescribe un cuento de hadas clásico

Como sabéis (o no), soy fan de los cuentos clásicos y de reescribirlos. Sobre ellos quizás algún día escriba un libro entero. El patito feo es una de mis fuentes de inspiración, pero hoy no vengo a hablar de eso. Solo quiero lanzar una pregunta: ¿Por qué los príncipes de los cuentos nunca tienen nombre?

Vamos, Príncipe, nos están esperando.

Jacques. Me llamo Jacques, papá. El nombre me lo pusiste tú.

No discutáis con vuestro padre. Hoy tenéis que escoger, que el tiempo apremia.

Padre abrió la puerta y miré hacia abajo desde la barandilla de mármol. Había más de un centenar de mujeres, algunas más feas que otras. A la mayoría les había visto por el reino, aunque ellas nunca me vieron a mí por dos razones: una, que siempre bajaban la cabeza para mostrar su respeto; y dos, que el destello de mi poder les cegaba tanto que era lo único que anhelaban.

Bien mirado, aquello era como un mercado. Escoges la ternera más jugosa, la pagas, te la llevas y te la comes. A cualquiera le hubiera parecido un sueño, pero a mí no.

Bajé la escalinata con cierta ceremonia. Besé todas esas manos sudorosas y ansiosas de ser las elegidas, miré todas esas caras pero ninguna de ellas me decía nada. Bailé con las que madre sacaba a bailar por mí y a todas les hice la misma pregunta:

Disculpad, ¿cómo me llamo?

Ninguna de ellas fue capaz de decir nada. Ninguna sería mi reina.

De pronto, una desconocida irrumpió en la estancia sin ser anunciada. Miraba a todas partes excepto a mí. Iba exquisitamente vestida, pero su atuendo no se correspondía con su escasa elegancia a la hora de lucirlo. Caminaba encorvada y sin pretender que su presencia se notara. Ni siquiera por mí.

Instintivamente, le cogí de la mano.

Disculpad, ¿cómo me llamo?

Pues si no lo sabe usted…— respondió, sin esforzarse por disimular su vulgar acento.

Jacques, me llamo Jacques. ¿Y vos sois…?

Si respondió el sonido de las campanadas no me dejó oír lo que decía. Miró el reloj, me miró a mí y huyó corriendo, pero como no sabía andar con tacones tropezó y cayó rodando por las escaleras. Fue todo muy deprisa, creí ver cómo alguien la recogió del suelo y después desapareció.

Sé que no lo soñé porque cuando volví a palacio todavía tenía el bellísimo y carísimo zapato de cristal roto en mi mano.

Pensé que jamás volvería a verla, así que le dije a mi padre que me casaría con la propietaria del zapato. Así ganaba tiempo.

El resto de damas volvió a sus casas. Una semana entera recorrí el pueblo con mi chambelán y el zapato en la mano. Estaba convencido de que ninguna de mis súbditas era su dueña.

En una de las casas, dos hermanas estaban peleando. Se hizo el silencio en cuanto olieron mi presencia. No quería hacerlo, pero les probé el zapato y a ambas les quedaba a la perfección. Y, por supuesto, ambas estaban dispuestas a casarse con mi real figura. Y cualquiera de las dos bien podría haber sido la muchacha de pueblo que me abandonó.

De pronto, supe lo que tenía que hacer para salir de dudas e hice una vez más la pregunta.

Kla… ¿Klaus?— aventuró una.

Rodolfo.— repuso la otra con cierta convicción.

Ya me iba a marchar cuando una voz rota me llamó por mi nombre:

Jacques, ¿eres tú?

No me había fijado en ella detrás de la montaña de ropa que estaba planchando. La cogí de la mano y la llevé a palacio.

Como no era lo suficientemente noble, no era digna de ser mi esposa. Y si ella no era digna de ser reina, yo tampoco quería ser rey, así que la miré, dejé el zapato de cristal en la escalera, me descalcé y eché a correr, esperando que ella me siguiera.

Contrariamente a lo que dice la versión oficial del cuento, no lo hizo. Y yo, a partir de ese momento, de ser el Príncipe pasé a ser Jacques, un rey sin reino en busca de su reina. Una reina de cuyo nombre no quiero acordarme.

 

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