Reto 52 semanas, 52 relatos y52: Corbata de sangre


Ahora sí, con todos ustedes… el último reto de  El Libro del Escritor:

52. Escribe un relato de un personaje que encuentra una corbata y no sabe cómo ha llegado allí

Obviamente, este va dedicado a una compañera muy especial. Porque, por lo demás, detesto las corbatas. Y como es el último relato, os toca trabajar un poquito, queridos lectores:aquí os dejo una historia de las de pensar.

No digo yo que la promiscuidad sea mala, pero eso ya era demasiado.

He visto a Mara, mi compañera de piso, en todas las posiciones posibles, algunas agradables y otras menos, porque aparte de cambiar de pareja más que de bragas (obvio, de eso apenas usa) nunca esconde nada bi se esconde de nadie. Quitando eso y la gran imginación que tiene, es una chica muy maja y muy normal.

Solo puse una norma: nunca, nunca en mi cama. Ya bastante sitio tiene en la cocina, el salón, el baño y por supuesto su habitación como para entrar en mi territorio. Por eso, cuando llegué de trabajar y me encontré una corbata manchada de sangre en mi cama tomé la decisión; tenía que dejarle las cosas claras.

Llamé a su puerta con cuidado pero estaba durmiendo, o eso parecía. Sola y con el pijama puesto.

—¡Mara, despierta!— Le di una ligera sacudida pero ella ni se movió. Ni hacia un lado ni hacia el otro.

Aún respiraba. Lo primero que hice fue levantarle un poco el pijama para comprobar que la sangre no fuera suya y respiré aliviada de ver que no tenía ni un rasguño y de hecho estaba muy limpia.

Al personal de emergencias no fui capaz de explicarles lo que había pasado. Se la llevaron en una ambulancia y yo la acompañé. No sabía nada de su familia ni conocía a nadie que hubiera estado en su vida más de una noche.

Por suerte, me dijeron tras mucho insistir, su vida no corría peligro. Quitando el hecho de que estaba profundamente dormida, los análisis daban todo bien. Cero drogas, y ni siquiera había mantenido relaciones sexuales en las últimas horas.

En ningún momento dijeron que estuviera en coma. De hecho, se movía perfectamente en sueños y hasta a ratos hablaba, pero había que dejarla en el hospital hasta que por fin despertara.

Cuando me quedé a solas con ella, le pregunté por la corbata aunque no esperaba que contestara. La llevaba en el bolsillo y no sabía muy bien qué hacer con ella.

Al cuarto día, Mara despertó sin más.

—¿Qué hacemos aquí? ¿Dónde estamos?

Llamé a la enfermera que, con mucha paciencia, le contó lo que había pasado y que tenía que quedarse en el hospital hasta que supieran lo que tenía.

—De eso nada. Yo estoy bien. Nos vamos.

Pero una persona que duerme más de tres días seguidos no está bien, hay que hacerle pruebas. En el hospital hay unos protocolos que… dejarla marchar era una irresponsabilidad porque…

Oía las palabras de una entremezclándose con los gritos de la otra pero no lograba entender nada. Solo sé que la mirada de Mara puede ser lo más convincente de este mundo, así que volvimos a casa sin más.

Una vez allí, volví a sacar la corbata. Ella se quedó pálida.

—¿Quién…? ¿Qué…?

En vez de contestar, cogió de la estantería un viejo álbum de fotos y me lo enseñó. En todas aparecía alguien muy parecido a ella con la corbata puesta. Al lado de cada una de ellas, una necrológica. Nombre y apellidos manchados de sangre. Hombres y mujeres de distintas épocas con un mismo apellido en común: el suyo.

Recortes de periódicos sobre muertes inexplicables y el hallazgo de una corbata llena de sangre que no se sabe a quién pertenece.

La corbata mataba por dentro. La sangre era de la primera víctima, de todas las demás y de ninguna de ellas.

Gilberto de Ramedonck se suicidó con ella o a causa de ella. A sus descendientes primero les ahogaba, después borraba sus huellas y por último se alimentaba de esa sangre que no dejaba rastro. Cuando encontraban a la víctima sin signos de violencia, la corbata aparecía en las fotos del escenario del crimen, como en segundo plano. Como riéndose de ellos.

Una maldición de la que solo Mara de Ramedonck había conseguido escapar, al menos de momento. No quiso contarme cómo.

Pensaba que era una más de sus fantasías hasta que me invitó a quemar el pasado. Literalmente, le prendió fuego con un mechero y sí, yo también oí las voces de los fantasmas liberados, que uno a uno gritaban su nombre.

Y con esto, queridos amigos, termina el año con el reto superado. Espero que os hayan gustado estos 52 relatos, yo desde luego he disfrutado mucho con ellos. Si quieres comentar cuál ha sido tu favorito, cuál te ha parecido horroroso o cualquier otra cosa, soy toda ojos. ¡Gracias por leerme, y hasta el próximo reto!

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