Reto EldE 2017 #7: En el fondo de un cajón


Da voz a los recuerdos y ofrece una solución en forma de historia para un personaje que pierde la memoria cada día.

Desde aquel fatídico 21 de abril, mi vida volvió a cambiar. Y por desgracia, no fue la única. Porque yo me quedé a solas con mi secreto, pero al menos tenía algo que guardar. Pero aunque no pude evitar la muerte de Máximo jr, frenar el deterioro de Máximo sr. es mi responsabilidad.

Tenía yo apenas catorce años, mi padre más de cuarenta. Hasta ese momento, no me di cuenta de lo mucho que había significado mi hermano también en su vida.

Mis padres lo pasaron mal, por supuesto. Que se muera tu hijo de dieciocho años es un trauma muy duro, y no existe ni una palabra para definir a un padre huérfano de hijo. Al principio el tema me sobrepasó; no tenía yo bastante con lo mío que además me llegaban estímulos de todas partes, y ninguno de ellos agradable.

Decidí meterlo todo en un cajón de mi cerebro. Me prohibí a mí mismo abrazar a nadie, no quería sumar sus sentimientos a los míos. Mi cajón se llenaba y se llenaba y aun así seguía quedando espacio, a la vez que en el suyo sucedía justamente lo contrario.

Pasaron unas semanas y todo parecía haber vuelto a una relativa normalidad. Mi padre estaba sentado en la cocina a las dos de la madrugada; mi madre dormía sin ni siquiera saber que él no estaba a su lado.

―¿Qué haces? ¿No duermes? ―pregunté para romper el hielo.

Me miró y parecía como si no me conociera. Me dio mala espina.

―¿Papá?

Esta vez ni se giró, su mirada seguía clavada en el infinito. Decidí que tenía entrar en su mente, así que toqué despacito, casi más bien solo rozando, su brazo. No sabía si realmente quería saberlo.

Hubo una pequeña chispa que a mí me hizo saltar de la silla; él en cambio ni se inmutó.

Esperaba haber visto mil imágenes de tristeza y dolor, pero a la cabeza de ese hombre literalmente le faltaban pensamientos. Estaba mi madre, yo mismo, su trabajo y una sombra siniestra que ocupaba el lugar de mi hermano. Un enorme agujero negro parecía llevarse poco a poco su vida por dentro.

De pronto, volvió en sí. Consiguió levantarse, miró el reloj y me dijo:

―Es muy tarde. Anda, vámonos a la cama, hijo.

Nunca antes me había llamado hijo. Nunca jamás volvió a llamarme por mi nombre.

Desde ese día, todas las noches hablamos apenas sin hablar. Yo escribo en una libreta lo que él recuerda, y al día siguiente sé lo que ha perdido en 24 horas. Le leo el trozo que faltaba en su memoria y él reacciona (al principio con palabras, luego llorando y más tarde, cuando ya ni lágrimas le quedan, con una ligera mueca que termina por quedarse muda del todo).

También le voy contando todas esas historias que nunca se debieron marchar de su cerebro, y según yo le hablo él reconoce su pasado y el mío, pero cuando me quedo callado, de nuevo las imágenes de su mente se transforman en humo.

De alguna manera he terminado convirtiéndome en su negro. Cada día su memoria pierde un pedazo más, pero se esfuerza por retener lo que le quedaba, por poco que sea, y por las noches me lo cuenta para que yo lo escriba. Al día siguiente lo lee disimuladamente. Lo hace meticulosamente con todo: el trabajo, la familia, los amigos…

Hoy en día ya no consigue recordar nada que no le haya escrito yo, y aun así nadie ha notado nada. Mi padre es un héroe mucho más grande que yo. Sí, yo llevo más de veinte años colándome en su casa todos los días, libreta en mano, cuando casi todos duermen, pero quien de verdad se esfuerza es él. “La muerte antes de que me vean como un enfermo”.

Me acabo de dar cuenta de que he fracasado. Le he fallado a él y a mi hermano.

Anoche no estuve. Anoche no estaba. Anoche, la noche que algunos desean olvidar cuando llega el alba, él no ha tenido la oportunidad de recordarla. A las doce he huido como Cenicienta, y le he sustituido por alcohol y sexo baratos.

―¿Papá? ¿Estás ahí?

Al otro lado del teléfono no se oye más que su respiración y un vacío total. Mi madre llora. No sabe qué le pasa.

Hace unas doce horas estaba bien, igual todavía puedo hacer algo. Es hora de que se lo cuente, antes de que sea demasiado tarde, antes de que el dolor le absorba a ella también.

Cojo mi libreta y me autoinvito a comer en su casa. Después de tantos años, ella también merece un abrazo. Es lo menos que puedo hacer.

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