Reto ELdE 2017 #11: Creía que era una cita


Inventa un cuento con dos objetos a los que dotas de vida.

A las ocho en punto, mensaje: “¿bajas?”. Sé que a la jefa no le gusta esperar, así que me pongo los zapatos y voy.

Me monto en su coche y me invade una extraña sensación. Ni siquiera sabía que condujera.

―¿A dónde vamos?

―Lo sabrás cuando lleguemos ―no le pega nada hacerse la misteriosa, da miedito.

El gps no está en marcha, así que se sabe bien el camino (dudo que esta mujer sea fan de los gps). En el coche solo se oye mi respiración, una música que en alguna época habrá sido famosa y ella haciendo los coros.

Glups, ya sé a dónde vamos. Ya sé dónde estamos.

Me hace bajar del coche y esperar en la acera hasta que termine de aparcar. Elsa está en la puerta del Barbazul fumando, no sabía que durante el día fuese un restaurante. Me saluda como si no me conociese y me invita a sentarme en la terraza, junto a esa suerte de estufa.

Mariana se sienta a mi lado y sonríe.

―¿Qué vais a tomar? Porque es un poco pronto para los gintonics.

Mariana no me deja hablar, pide unas bravas, una de chopitos y dos cervezas. Cuando Elsa se aleja, aunque no sé por qué ha esperado, empieza a hablar en voz baja:

―Sabemos quién eres y lo que…

―¿Perdona?

―No me puedo creer que no te hayas dado cuenta, Edu ―¿en serio? ¿Ahora soy “Edu”? No “Rojo” ni “Eduardo” como de costumbre―. Llevaba tiempo esperando este momento.

Le miro con cara de estupefacción, supongo.

―¿Por qué crees que te contraté?

Como me ha traído a un sitio donde la mayoría de gente viene a ligar, me reservo el derecho de no responder y espero que lo haga ella por mí.

―Dejémonos de chorradas. Sabemos lo que te pasó. Que eres… especial. Como nosotras.

Chasquea un dedo, el mundo a nuestro alrededor se congela y sale una pequeña llama entre el pulgar y el corazón. Sopla para que desaparezca y el instante vuelve a transcurrir.

En estas viene Elsa con las tapas, y yo casi me abalanzo sobre ellas, alternando la mirada entre una y otra. Ellas. Nosotras.

Elsa toma asiento a mi lado, parece divertida. Sé que no se ha olvidado de nuestra madrugada porque no para de mirar atrás, hacia la barra.

Mariana pone su habitual cara de monólogo y empieza a contarme que me necesitan. Saben lo que pasó con aquel Quimicefa. Saben que no apago las luces cuando duermo y todo lo demás. Saben que mentí cuando mi hermano murió y que es una cruz que arrastro desde entonces. Intento preguntar pero no me deja.

También saben quién le mató. Y me necesitan.

No fue difícil para Mariana llegar hasta mí. Puso el anuncio perfecto en el periódico perfecto y en dos días yo estaba trabajando para ella. Todos estos años ha estado buscando una cura para el mal que nos asola y yo soy el único que podría dársela, aunque no sea consciente de ello.

―¿Necesitamos curarnos? ―es lo único que me deja preguntar.

―Cuando llegues a mi estado, comprenderás que sí ―responde misteriosa y pausadamente.

―¿Y por qué yo?

―Porque eres el único que sabe cómo le pasó. Los demás no recordamos nada… aparte de ella, claro.

Me giro mirando a Elsa, pero Mariana añade:

―No, ella no. Ella ―y me alcanza una foto.

Me toca el brazo cuando la miro. Sé que quiere saber cómo me siento.

La de la foto es claramente la que mató a mi hermano. Más mayor, sí, pero es ella.

Me siento confuso. Sin que sepa cuándo se ha ido, Elsa vuelve de dentro con tres gintonics.

gintonic

―Bebe.

―Si bebo no os seré de gran ayuda.

―Yo más bien diría lo contrario.

Vaya, ese secreto también lo conocen.

Despierto en mi cama, las luces encendidas y una vocecita susurrando:

―¡Vamos, holgazán! Vístete, que tienes el taxi en la puerta para ir a trabajar. Cortesía de la jefa.

Me duele un poco la cabeza. Me visto mecánicamente mientras caigo en la cuenta de que no sé quién ha hablado. Hasta que veo que la voz sale de un pequeño mechero que aparece entre mis sábanas.

―Guárdame en el bolsillo, puede que te haga falta.

Me froto los ojos pero no, no estoy soñando. El mechero me ha hablado. Y de pronto, la tele, mi tele de toda la vida, se enciende sola y me habla también:

―Yo te espero aquí, no vuelvas a casa muy tarde que te estaré vigilando ―y se vuelve a apagar.

El mechero sí parece tener ganas de hablar y mucho que contar. Por las escaleras me pide que le llame Hakim, que le lleve siempre conmigo y que no haga preguntas si no quiero conocer las respuestas. Habla deprisa pero se le entiende perfectamente.

Cuando montamos en el taxi, silencio absoluto. Lo observo fijamente y me parece un mechero normal.

Cuando llego a la oficina, la cara de Mariana es la de siempre. Estoy confundido, no sé qué pasó ayer pero sí sé que ella no me va a dar pistas.

―Vamos, a trabajar. Y que no te vea yo juguetear con tus cosas nuevas. No en la oficina, al menos.
Dejo el mechero en mi mesa. A ratos siento cómo sus ojos me observan, y que se muerde la lengua para no llamar la atención.

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