Diario de una madricatalana parte dos: Esparando el día D


Esto es la estación de Atocha. Uno de mis lugares preferidos y sorprendentes de la ciudad de Madrid. Mi tren sale en un par de horas, y aquí parece un sábado más.

No tengo fotos, pero llegar hasta aquí para mí ha sido una experiencia desagradable. Yo, que odio las banderas (bueno, a excepción de la Union Jack, pero es que esa es muy cuqui), he atravesado toda una ciudad infestada de balcones abanderados. Dicen que ha habido una gran manifestación por la unidad de España en Cibeles. La misma imagen que seguro veré mañana. Los mismos colores, cuatro barras en vez de dos. El mismo perro con distinto collar. La misma fe ciega de la manada que sigue a su líder.

Pero aquí, en Atocha, reina una extraña, turística y apolítica calma. Aunque cada vez que paso por aquí no puedo evitar pensar en aquel mes de marzo en el que la política española en general, y cierto partido en particular, se derrumbó casi tanto como hoy, tan presa entonces como hoy de sus propias mentiras y de su nefasta capacidad de diálogo, comunicación, escucha y empatía.

Que no es comparable, lo sé. Aquí no va a morir nadie porque aquí no somos terroristas (no es sarcasmo, lo digo en serio).

Tres horas y pico después, esta es la estación de Sants:

 

Aquí también todo parece normal. Mucho bullicio, pero nada fuera de lo habitual en un sábado noche.

Cuando llegamos al centro, nada hace presagiar la que se nos viene encima, quizás una ligera escasez de turistas y el hecho de que haya luz en el que un día fue mi colegio un sábado sobre las 9 de la noche. (El colegio que hay dos calles más allá, las Escolapias, sí está cerrado y precintado).

Dentro del colegio, voces de niños. No me atrevo a entrar, así que no sé cuántos. Por fuera, padres, madres y abuelos preparan la que imagino será una noche muy larga.

Ya en casa, durante la cena, a las diez (puntual como un reloj, dice mi madre), suenan las cazuelas. Mis hijos se unen a la fiesta con sendos almireces. En los dos extremos del piso se vive con alegría este momento.

Salgo al balcón, y de un microbús aparcado justo delante de casa veo bajar a varias chicas ataviadas con gorras de policía y silbatos. Menudo día y menudo tema para hacer una despedida de soltera, pienso.

Ambiente festivo. Nada fuera de lo normal un sábado noche.

Sobre las tres pasa el camión de la basura y me despierta. También como todos los sábados por la noche. Por cierto, señora Colau, si me está leyendo utilice su poder para que no pasen a estas horas, o al menos no hagan tanto ruido.

Ahora son las seis de la mañana del día D y llueve. Pero eso tampoco es culpa del referendum, la lluvia la traemos al parecer los que venimos de Madrid. Igual también influye un poco que en Barcelona todos los años llueva por estas fechas, no sé.

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