¿Quieres ser mi musa? El vuelo de la sirena


Una cita a ciegas en la playa es algo tremendamente absurdo cuando tienes cuarenta años, pero no es cuestión de rechazarla. Sobre todo si no te gusta internet, te sientes solo y los otros métodos tradicionales ya no son una opción.

Ulises llegó cinco minutos antes de la hora, se sentó en la arena sobre la toalla roja y esperó. Ella apareció como de la nada y se puso a su lado, con una mirada a medio camino entre el deseo y la timidez. Como de no saber muy bien lo que hacía allí. Como él.

–¿Eres…?

Parecía misteriosa y etérea, sus curvas de espanto y su mirada que te atraviesa el alma le invitaron a perderse en esos ojos oscuros. Esta vez su amigo Raúl había acertado.

Helena –respondió una voz suave y penetrante.

Ulises, encantado –Quizás sonaba demasiado formal, pero de pronto se sentía encantado de verdad.

Se quedaron en silencio mirando el mar, con esas olas que se mueven aparentemente sin sentido, caprichosas. Ulises no era hombre de muchas palabras, pero hasta a él le parecía una aventura ridículamente traviesa.

Ella se quitó la camiseta, y mientras echaba a andar hacia el mar, empezó a hablar. Le contó muchas cosas. Hablaba de la soledad, de Grecia, de HipHop, de cuadros de Velázquez y de su vida como antropóloga. Mejor dicho, de mil vidas en una. Mil vidas que en realidad no pudo vivir.

Él no podía parar de escuchar la música en su mirada. Se quitó también la camiseta y echó a correr con Helena hacia la orilla, siempre siguiendo la estela de sus caderas.

Dentro del agua, Helena seguía hablando. Ulises escuchaba como nunca había escuchado a nadie, hasta que en un momento las olas se detuvieron. Dos segundos de silencio cubiertos con un beso salado que ninguno de los dos se esperaba. O quizás sí.

Fue un beso intenso como el mar, como sus ojos.

Ulises no lo había hecho nunca allí, mar adentro, y tampoco con alguien a quien acababa de conocer, pero sintió la necesidad de dejar que el agua marcara el compás de ese baile.

Quiso deslizar sus dedos para quitarle la parte de abajo del bikini, pero ella se le había adelantado. No escondía nada bajo el agua más que un surco profundo y misterioso como toda ella. A pesar, o precisamente por, el agua, tenía un delicioso tacto suave, y el hecho de no saber si la humedad y el salitre provenían de ella o del mar aumentaba su erección.

Helena le agarró con fuerza y equilibrio, y tomó el control de su cuerpo y su mente. Ulises se dejó llevar mecido por las olas y por su pelo moreno. Se oyó gritar a sí mismo como nunca antes había gritado, y las ondas del agua propagaron su orgasmo como un eco. Esa sensación de puro placer, con el mar como único espectador y cómplice, era mucho más que éxtasis. Fueron miles de chispas que encienden una llama que perdura.

Después, no supo muy bien lo que sucedió. De pronto, ella metió la cabeza en el agua y el mar borró todo rastro. Helena se esfumó, y con ella su instante de felicidad. La felicidad que sus manos buscan en otras cuando la necesidad impera; la misma felicidad que siente cuando la voz de Helena resuena en su cerebro y no puede evitar volver al mar y desahogarse en él.

Y cada vez que lo hace, cada vez que él vuelve a la playa, ella le mira y le llama para hacerle el amor una vez más y guiar su mente hasta lugares donde solo ella podría llevarla, más allá de lo físico. Más allá de ese cuerpo de mujer con el que siempre soñó y del que solo una vez pudo disfrutar.

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